KETER
Por Rab Aryeh Kaplan
Kéter y Dáat

El Arizal analiza la exclusión mutua entre Kéter y Dáat en varios lugares. Él explica que Kéter-Corona y Dáat-Conocimiento constituyen, respectivamente, la manifestación interna y externa de una misma realidad. Como veremos más adelante, esta afirmación constituye la clave para integrar toda la exposición que hemos presentado acerca de las tres sefirot superiores: Kéter, Jojmá y Biná. Hemos visto que Kéter-Corona se corresponde con la voluntad primordial del ser humano. Kéter representa el Yo interno y la voluntad primordial del ser humano. En cambio, Dáat-Conocimiento representa la racionalidad que un individuo muestra hacia el mundo. También con respecto a las sefirot de Jojmá y Biná, Dáat-Conocimiento representa una manifestación externa. Jojmá y Biná son procesos completamente internos.
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La Sefirá Oculta

Los Maestros de la Kabalá señalan que las diez sefirot se corresponden con los Diez Enunciados con los que el mundo fue creado. Al exponer estos Diez Enunciados creativos, el Talmud hace notar que la expresión “Y Dios dijo” sólo aparece nueve veces el primer capítulo del libro de Bereshit (Génesis). Surge entonces la interrogante de dónde está el Décimo Enunciado. El Midrash señala que el segundo capítulo de Bereshit también contiene un enunciado: “Y Dios dijo: No es bueno para el hombre estar solo” (Bereshit 2:28).” No obstante, el Talmud objeta a eso e insiste que los Diez Enunciados creativos deben aparecer todos en el primer capítulo, y concluye inicial, “En el principio, Dios creó el Cielo y la Tierra” (Bereshit 1:1), también constituye un enunciado creativo (maamar). No obstante, como este enunciado no es introducido por la expresión “Y Dios dijo”, se considera como maamar satum, un enunciado “cerrado” u “oculto”. Hallamos una analogía de esto en el caso del primero de los Diez Mandamientos, que dice: “Yo soy el Eterno, tu Dios, quien te sacó de la tierra de Mitzráim [Egipto]” (Shemot 20:1). La mayoría de las autoridades rabínicas interpretan este enunciado como un mandamiento que prescribe la creencia en Dios. En cuanto tal, constituye el mandamiento primordial.
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Kéter y Maljut

Kéter es la primera y la más elevada de todas las sefirot. Representa la hegemonía y la autoridad absolutas del Creador sobre todas las fuerzas del universo que creo.
Ahora bien, ésta hegemonía es demasiado poderosa para que la Creación la soporte o pueda comprender. Es solamente en el nivel de la última sefirá, Maljut Hegemonía, que Kéter puede expresarse de un modo tal que la Creación pueda beneficiarse de ella. Es sólo en Maljut que el potencial abstracto de Kéter se manifiesta y se actualiza en concreto. Todas las demás sefirot situadas entre estos dos polos de la existencia sólo tienen como única función general hacer que la autoridad de Kéter-Corona se exprese plenamente en el nivel de Maljut-Hegemonía.
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¿POR QUÉ LAS MUJERES NO USAN TEFILÍN?
Por Yehuda Shurpin

Desde tiempos inmemoriales, la práctica ampliamente aceptada en la comunidad que observa la Torá es que las mujeres no usen tefilín. Analicemos esta cuestión a la luz de la halajá.
¿ES NECESARIO?
La tefilín es una mitzvá positiva que tiene un límite de tiempo. En términos sencillos, esto significa que es algo que debe hacerse en un momento específico. Las mujeres generalmente están exentas de estas mitzvot .1
Pero, incluso si están exentas, ¿no se las debería alentar a que usen tefilín de todos modos por su propia voluntad? Después de todo, vemos que la mayoría de las mujeres escuchan el shofar en Rosh Hashaná y sacuden el lulav en Sucot, aunque técnicamente no están obligadas a hacerlo. ¿Por qué los tefilín serían diferentes?
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LA PERCEPCIÓN DE LA REALIDAD
La Esencia, el Infinito y el Alma por Rabi Jaim D. Zukerwar

La realidad del hombre está limitada generalmente por la percepción sensorial, la emoción, el pensamiento y la imaginación.
Estos aspectos son los conductos a través de los cuales relacionamos con la vida.
En la forma en que orientemos estos aspectos percibiremos la realidad; pero la orientación, ¿de qué depende?
Depende del objetivo que tengamos. En esa dirección se dirigirá nuestra orientación.
Un arquitecto, por ejemplo, concentra sus sentidos, su emoción, pensamiento e imaginación en cómo delimitar de la mejor forma el espacio para construir edificios; un químico se dedicará a la comprensión de las leyes que rigen los elementos para crear nuevas substancias. Todos, no importa cuál sea el área de interés, concentran sus potencialidades en su objetivo, siendo el objetivo el centro inamovible que atrae todas nuestras energías.
En todos los ámbitos de la vida hay objetivos particulares y objetivos generales. Cuando los objetivos particulares están en contradicción con los objetivos generales se producen conflictos que desembocan generalmente en sufrimientos, tanto en el plano individual como colectivo.
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EL MUNDO DE LA EMANACIÓN Y LOS MUNDOS DE LA CREACIÓN, DE LA FORMACIÓN Y DE LA FABRICACIÓN.
Moshe Hayim Luzzatto

Cabalista: El mundo de la Emanación es el mundo de las leyes del Pensamiento superior, leyes que constituyen las raíces de las criaturas y de su gobierno, pues las diversas criaturas se corresponden con las distintas leyes que intervienen en la dirección del mundo, y cada criatura representa una de las leyes del gobierno. De esto se sigue que una ley en particular es la raíz de una criatura en particular. Por ello el mundo de la Emanación será llamado raíz de todos los existentes.
Pero los existentes se encuentran en el mundo de la Creación, que está por debajo del de la Emanación. Así es, lo divino, bendito sea, está presente en el mundo de la Creación, pues las diez sefirot hacen resplandecer Su esplendor. Por otra parte, los servidores, que deben posibilitar el paso de la decisión del pensamiento superior al acto, reciben ese esplendor, pues la voluntad superior quiso que las acciones fuesen cumplidas mediante delegados, los enviados del rey que se encuentran bajo el dominio del rey supremo.
El Esplendor de las sefirot cabalga en el ángel y permite el paso de la cosa al acto. Para cada misión hay un ángel encargado de su cumplimiento. Esto es así porque Creación, Formación y Fabricación son tres mundos situados el uno por debajo del otro, en los que las criaturas están dispuestas gradualmente, las superiores arriba, sus inferiores por debajo de ellas, y así sucesivamente. Y el esplendor de las sefirot resplandece sobre todas ellas, desvelándose en todo lugar según su naturaleza, a saber, en lo alto el esplendor resplandece, y a partir de allí los servidores inferiores lo reciben de los superiores, hasta que el hombre y todos los seres materiales alcanzan la existencia en el más inferior de los mundos.
L A L U Z O C U L T A
MEDITACIÓN, FUERZA INTERIOR Y FE, Rabí Najman de Breslov.

Si deseas experimentar la Luz Oculta y lograr una percepción de aquellos misterios de la Torá que serán revelados en un futuro, deberás dedicarte con asiduidad a la meditación dirigida hacia el Santo, bendito sea. Juzga todo aquello que hagas para determinar si es algo digno y correcto delante de El, Quien constantemente está haciendo el bien para ti. De esta manera reforzarás tus palabras mediante el juicio. De este modo te estarás juzgando y tú mismo serás el juez de todas tus acciones.
Mediante esto podrás librarte de todos los temores. No temerás a ningún oficial, bestia salvaje, ladrón o cualquier otra cosa en el mundo. Tu único temor será el temor al Santo, bendito sea.
Entonces serás capaz de elevar el temor hacia su raíz, que es el Conocimiento (Daat). Serás digno de un conocimiento perfecto y sabrás de Quien realmente debes sentir temor. Comprenderás que al Único que debes temer es al Santo, bendito sea, y que este temor es un profundo temor reverencial frente a Su majestad.
Mediante esto, serás digno de comprender los aspectos revelados de la Torá. Serás digno también de la verdadera humildad. Serás capaz entonces de orar con verdadero auto sacrificio, anulando en la plegaria el egoísmo y lo material. Podrás así orar sin intención de ganancia y no pensarás en ti en absoluto. Anularás todo tu ser físico y tu ego y será como si no existieses en absoluto. Mediante esto, serás digno de comprender los misterios de la Torá. Así experimentaras la Luz Oculta que será revelada en el Final de los Tiempos. Todo esto podrás lograrlo mediante la meditación.
E L Á R B O L D E L A V I D A
LA CÁBALA DE LA MERCAVÁ, Eduardo Madirolas Isasa.
El Árbol de la Vida es el mapa de la Manifestación. Es la metafórmula – fórmula de las fórmulas – que presenta en su disposición todas las variables del ser. En sentido sincrónico – como un conjunto de relaciones – representa el conjunto de los arquetipos de la Mente Divina, o lo que es lo mismo, las manifestaciones de la conciencia y los núcleos energéticos de todas las fuerzas. El Árbol de la Vida representa el modo en que la Deidad decide configurarse a Sí Misma, lo que constituye el modelo de todos los desarrollos posteriores, incluyendo el ser humano. Dándose forma a Sí Mismo – lo cual involucra procesos de su propia vida interna – Dios crea y da forma a todo lo que existe. Mediante el Árbol, todo participa de la Vida Divina. Por otro lado, en sentido diacrónico – como un desarrollo temporal – el Árbol simboliza el camino de la Manifestación: Cómo desde esa esencia de Unidad y Plenitud absolutas, se llega mediante una serie de contracciones y filtros de Luz, a este Cosmos de apariencia múltiple y fragmentada, con cada estadio desarrollando su propio nivel de conciencia. Y la propia imagen del cosmos manifestado como árbol ejemplifica ese postulado de continuidad del que partimos. Todo es uno: la Manifestación es un gran Todo orgánico por cuyos elementos – esferas, canales y mundos – circula una misma savia, que es la misma Vida Divina, la revelación de la Luz Infinita.

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ATZILUTH
Rabí Aryeh Kaplan, Estudios de Kabbalah.
El nivel que sigue a Adam Kadmón, que por ello mismo está más alejado de Ein Sof, es la dimensión de Atzilut. Esta dimensión recibe su existencia a través de Adam Kadmón, sólo que en menor medida. La misma luz que se manifiesta en la dimensión de Adam Kadmón también se manifiesta en Atzilut, sólo que con menor intensidad. No obstante, Atzilut sigue estando en tan estrecha proximidad a Eín Sof que queda absorbida completamente dentro de lo Divino. Por esta razón Atzilut es también descrita en cierto sentido como Ein, la Nada. Es la Nada que está más allá de los límites de la comprensión humana. Es muy difícil explicar el concepto de Atzilut. Puede ser definido como el aspecto de realidad que sólo existe a nivel potencial. Nosotros existimos dentro del tiempo, y por ello los parámetros de nuestros pensamientos sólo existen dentro del tiempo mismo.

Es por ello que las únicas cosas que son reales para nosotros son aquellas que existen al mismo tiempo que nosotros. Nuestros pensamientos existen dentro de nuestra mente en tiempo presente. Alguien que va a nacer dentro de mil años no existe para nosotros, ya que toda nuestra existencia y todo nuestro proceso de pensamiento sólo tienen lugar dentro del tiempo. No obstante, para un Ser Divino que existe más allá del tiempo, sí pueden coexistir el presente y el pasado al mismo tiempo. Pero como esta realidad no está en el presente, no existe para nosotros.
La expresión Atzilut [ות יל אצ] se deriva de la raíz etzel [אצל] ,que significa “cercanía”. Esto se debe a que en relación con todo lo que le sigue después, la dimensión de Atzilut es la más cercana al Ser Absoluto, y por tanto representa el grado de intimidad más profundo con Él. Atzilut se corresponde con el ápice de la letra yod del Tetragrama, así como con el nivel de Jayá, Esencia Viviente.
En este sentido, constituye la esencia de la existencia que el Creador quiso otorgar a Su Creación. Atzilut es también la dimensión donde surgen las sefirot. Aquí de nuevo tenemos la Voluntad del Creador seguida por Su Sabiduría [Jojmá], Inteligencia [Biná], Amor [Jésed], Retención [Gueburá], etc. Todos estos términos se refieren a diversos conceptos, cualidades y atributos que el Creador utiliza con el fin de crear y dirigir Su universo. Como tales, constituyen los ingredientes básicos de la Creación. No obstante, en la dimensión de Atzilut estos conceptos básicos o axiomas todavía están en un estado indiferenciado. Es por esto que el Séfer Yetzirá se refiere a ellos como las “diez sefirot inefables” o las “diez sefirot de Nada”. Es sólo cuando se “visten” con el ropaje de las dimensiones inferiores que pueden ser concebidos como fuerzas distintas entre sí.

CUERPO Y ALMA
Anatomía Del Alma por Rabí Naimán de Breslov

Dios y El Alma
Hemos visto en nuestro Prefacio que, de acuerdo con el Rebe Najmán, las funciones del cuerpo físico y de su contraparte en el alma se encuentran totalmente interconectadas. El Rebe Najmán percibió el alma en cada aspecto de la anatomía. Todo su acercamiento al cuerpo fue por lo tanto espiritual en el sentido de la Kabalá. Es por ello que este capítulo estará dedicado a presentar el antecedente Kabalista de muchas de las enseñanzas que serán mencionadas en esta obra.
La palabra Kabalá significa «recibido». Designa un cuerpo de conocimientos que ha sido recibido de manera profética y cuidadosamente trasmitido de generación en generación. Uno de los axiomas básicos de la Kabalá es que todo el ámbito físico es un paralelo de la dimensión espiritual. De hecho, uno de los significados de la palabra KaBaLá es haK’BaLá que significa «paralelismo» o «correspondencia «. Esto sigue la antigua enseñanza Kabalista, «Como arriba, así es abajo; como abajo, así es arriba». Para poder comprender este principio, el estudio de la Kabalá comienza desarrollando la comprensión y manejo de un complejo sistema de correspondencias. Estas correspondencias no deben ser pensadas como mecánicas. Ellas nos permiten más bien una percepción interior de las relaciones que gobiernan la existencia y nos llevan hacia la raíz y fuente de lo múltiple en el Ser Infinito Mismo, Quien creó y continúa manteniendo todo el holograma interdimensional que llamamos «Universo». Comenzaremos entonces nuestra revisión del sistema Kabalista con una mirada a Dios Mismo, la Fuente unitaria de toda existencia. Seguiremos con una exposición de los cuatro (que en realidad son cinco) niveles del Tetragrámaton, los cinco niveles del alma, los cinco universos y los cinco elementos del mundo físico. Luego, mostraremos la relación de las Diez Sefirot con todo lo anterior.
Dios y Sus Nombres
¡Señor de los Mundos! Tú eres El Oculto Cuya Unidad es infinita y absoluta y por tanto indivisible (Petijat Eliahú, Tikuney Zohar segunda introducción). No es casual que el principio de la indivisible Unidad de Dios se encuentre al comienzo del Tikuney Zohar, uno de los más importantes textos Kabalistas. La primera afirmación de Eliahu (el Profeta Elías) se presenta, así como señal de advertencia para todo aquel que quiera comprender Quién y Qué es Dios. A diferencia de todo lo que Él ha creado, Dios Mismo no está sujeto a las leyes de la división, de la categorización, de la cuantificación y de la calificación, que caracterizan Su creación. Él trasciende todas las dicotomías, las polaridades y las paradojas. Todas ellas son parte de la Creación. Dios trasciende a la Creación. Él se encuentra fuera del «sistema» que creó. Él no puede ser juzgado por sus reglas y no está sujeto a ellas. Esta naturaleza bipolar de la realidad se encuentra aludida en la afirmación Talmúdica (Baba Batra 74b): «Todo lo que el Santo, bendito sea, creó en Su mundo, lo creó masculino y femenino».
«Masculino y femenino» se refiere primariamente a pares de opuestos conceptuales tales como el cielo y la tierra, trascendencia e inmanencia, revelación y ocultamiento, misericordia y justicia, omnisciencia Divina y la libertad de elección del hombre, el día y la noche, el sol y la luna, el alma y el cuerpo, el mundo que viene y este mundo, etcétera. Nuestra experiencia y percepción de Dios implican una cantidad de estas dicotomías básicas o paradojas subyacentes al sistema de la creación y que sólo existen desde nuestro punto de vista, desde el punto de vista del sistema mismo. Ello no define a Dios, sino al doble lente a través del cual nosotros lo percibimos a Él. En palabras del Maharal de Praga (Derej Jaim p.l4b): «La intención [del Talmud (loc.cit.)] es que el universo fue creado de acuerdo al principio de los opuestos. La Unidad del Santo Nombre, sin embargo, es absolutamente única».
Esto también es lo que el Salmista quiso decir cuando cantó (Salmos 113:4-6): «El Señor, más allá de la concepción de todas las naciones; sobre los cielos, Su gloria. ¿Quién es semejante al Señor, nuestro Dios, Quien se sienta en las alturas, Quien baja la mirada para ver en el cielo y en la tierra?
La tradición Kabalista es inequívoca. Dios Mismo se encuentra más allá de toda descripción. Él es llamado Ein Sof (El infinito) pues no existe una categoría finita con la cual podamos describirlo o describir Su Esencia. Sólo es Su Luz, la Luz del Ein Sof, la que fluye en forma restringida a través de todo el sistema de Olamot (Universos). Como veremos, el término OLaM deriva de la raíz ELeM o he ‘ELeM, «escondido» u «oculto». Dios es Melej HaOlam, «El Rey del Universo» o «El Rey que Se oculta en Su mundo». Todos los universos que Dios creó son sólo pantallas que filtran la poderosa radiación de Su Luz Infinita. Llamamos a estos filtros de maneras diferentes – Nombres Divinos, Sefirot, Mundos, Universos, Dimensiones, o, en conjunto, la Dimensión Espiritual. Pero, nuevamente, ¿porqué necesitamos un sistema de canales, una dimensión espiritual, entre nosotros y el Infinito? ¿Por qué no podemos relacionarnos directamente con Dios? Porque la energía sería demasiado caliente – como un reactor atómico. Es imposible conectar una lámpara al reactor, a menos que uno quiera que se desintegre. Se necesita una estación reductora del poder eléctrico de modo que pueda utilizarse y no sea dañada.
EIn Sof es El Infinito, con E y con I mayúscula. Por definición, EIn Sof excluye la existencia de lo finito. Para que algo más pueda existir, para que el mundo y todo lo que contiene, incluidos todos nosotros, pueda existir, el EIn Sof hubo de crear un sistema gradual descendente. Este sistema es como una estructura limitativa o una escala, o, como lo llaman los Kabalistas, un sistema de «vestimentas» que ocultan y disminuyen gradualmente la Luz de Dios. La más elevada de estas «vestimentas» es el Nombre IHVH (pronunciado Iud-Kei-Vav-Kei o HaValaH, pues está prohibido pronunciar el Tetragrámaton tal cual se escribe).
Antes de continuar con este Nombre, veamos la diferencia entre Dios y Sus Nombres. Es un hecho que tenemos diferentes relaciones con diferentes clases de personas. Tenemos un padre y una madre. Tenemos cónyuges y amigos y maestros. A veces incluso tenemos diferentes nombres para la misma persona dependiendo de las circunstancias. Esto se debe a que tenemos diferentes relaciones con la misma persona. Dependiendo de la situación en la que nos encontremos, formal o informal o incluso en un ambiente íntimo, podemos llegar a llamar a la misma persona de diferentes maneras. Esto puede llevar incluso al uso de diferentes inflexiones de nuestra voz. A veces no importa lo que decimos sino cómo lo decimos. En términos generales, a medida que más nos involucramos con alguien, le hablamos de manera diferente y los nombres e inflexiones se vuelven más íntimos. Por ejemplo, si uno se encuentra con una persona llamada Martín Cohen, lo llamaría Sr. Cohen en un ambiente formal. Al conocerlo mejor, le diríamos Martín y más tarde quizá Martincito; entonces habríamos llegado al nivel en el que ya no existen nombres. Vale decir, aunque el nombre de la persona es algo muy profundo, ¿podemos decir que él o ella son su nombre? Lo mismo ocurre con Dios. Un versículo de los Salmos dice (65:2) «Lejá dumiá tehilá- Para Ti, el silencio es alabanza». Decimos de Dios que es «nuestro Rey,» «nuestro Padre«. En el Zohar llegamos incluso a llamarlo «nuestro Abuelo». Moisés llama a Dios «Aquel del Rostro Largo». Dios Mismo le dice a Moisés que Él es Ehié Asher Ehié – «Seré El que Seré,» «Soy lo que Soy,» o «Yo soy.
Aquél Cuya existencia sólo puede ser expresada como Siendo». Daniel Lo llama «El Anciano de Días». Nosotros llamamos a Dios «Misericordioso y Bondadoso, Sabio y Recto». Lo llamamos «Adonai» (Señor); «Elohim » (Gobernante o Juez); «Shadai» (el Todopoderoso). En el nivel más profundo Lo llamamos «HaValaH’, el Ser mismo y el Ser que trasciende espacio y tiempo, El Que fue, es y será eternamente, Quien está por encima y más allá de toda concepción, la Fuente de toda la existencia. Todos estos nombres expresan diferentes interacciones de Dios con Su creación. Aunque todos estos nombres son muy profundos, Dios es más que el nombre con el cual Lo podemos llamar. Pues hasta el más exaltado de los nombres es finito en comparación con la Luz Infinita que le da vida. Un nombre es una creación que expresa una relación determinada, que crea la posibilidad de una relación entre Dios y aquello que Él ha creado. Dios Mismo, el Infinito, está más allá- Él trasciende toda relación. Por esto «Lejá dumiá tehilá – Para Ti, el silencio es alabanza».
De modo que cuando decimos o pensamos o meditamos sobre un Nombre Divino, estamos relacionándonos esencialmente con Dios, El Infinito, a través de este Nombre. Como dice el Zohar (II, 42a), estos Nombres Divinos son como canales o conductos a través de los cuales fluye el agua. La única diferencia es que un canal físico existe, aunque no corra el agua a través de él. Estos canales Divinos, y todo el resto, no existirían ni un solo momento si se detuviese el Divino flujo de energía.
Descendamos un poco. Uno de los axiomas más importantes del Judaísmo es que Dios es Uno. Dice la Torá (Deuteronomio 6:4), «Shemá Israel, Adonai Eloheinu Adonai Ejad’. Este es el Shemá. Decimos estas palabras por lo menos dos veces al día. Ellas se encuentran entre las primeras palabras que aprende el judío y entre las últimas que murmura antes de morir. En el marco de las puertas de toda casa judía hay una mezuzá proclamando estas palabras. Ellas están en los tefilín que diariamente acercamos a nuestro corazón y a nuestra mente. Todos ellos proclaman este principio básico del judaísmo. Lo que esto nos dice es que todas las cosas provienen de la Fuente Una y Única. Toda la creación esta Unida por Dios. Existe Una sola Fuerza unificadora en el universo, Dios, el EIn Sof. La Torá nos dice (Deuteronomio 4:39), «Conoce hoy y pon en tu corazón que IHVH Hu HaElohim [Dios es el Supremo Poder], en los cielos arriba y sobre la tierra debajo; y no hay ningún otro».
Abre un Jumash hebreo (los Cinco Libros de Moisés) o un Sidur (libro de oraciones) y contempla el nombre IHVH. Como se dijo, no lo pronunciamos tal cual está escrito. Esto también nos enseña algo – que el Nombre más elevado de Dios y más aún Su Infinitud, la cual permea este Nombre, se encuentra más allá de nuestra posibilidad de comprensión. IHVH es el Santo de los Santos de la existencia. Contiene el secreto de la relación de Dios con los mundos que Él creó. Al no decir el Nombre y al no pronunciar siquiera sus letras en voz alta, reconocemos esta santidad. Reconocemos que si hay algo en el mundo que no debe ser mal usado es la Esencia misma del ser y de la Existencia, el Santo Nombre de Dios. De modo que por reverencia y en señal de nuestra sensibilidad respecto de aquello que es completamente uno y santo, sólo podemos pensar sus letras y lo que éstas significan, pero nunca pronunciarlas tal cual están escritas.
El Tetragrámaton consta de cuatro letras, Iud-Hei-Vav-Hei, más un quinto nivel que trasciende e incluye a los otros cuatro, el ápice de la Iud. De acuerdo con la Kabalá, estos cinco niveles comprenden todo lo que existe. Este es el Nombre que representa la totalidad de todo lo existente. Y para nuestros propósitos, la única diferencia entre este Nombre y el EIn-Sof, que lo llena y lo atraviesa, es que mediante este Nombre Dios deseó y trajo a la existencia toda la creación. Como dijimos, en el nivel del puro Ein-Sof, nosotros no existimos. Dios, sin embargo, desea nuestra existencia. Veamos cómo es que esto funciona.
Este Nombre está relacionado con la conjugación verbal en sus tiempos pasado, presente y futuro de la palabra hebrea «SER». En hebreo, «fue» es haiá, «es» es hové y «será» es ihié. Esto nos dice algo con respecto a Dios. Nos dice que Él creó el tiempo y que Él Se encuentra absolutamente más allá y por sobre el tiempo. Nos dice que para crear, Él ocultó Su Infinitud y le dio existencia a los universos, de un modo en el cual Él los atravesaría pero sin destruirlos. Nos dice que Dios Mismo es Existencia, pero que nada puede existir hasta que Él no lo traiga a la existencia. Podemos comprender esto mejor sobre la base de una antigua enseñanza Kabalista que afirma que estas cuatro letras contienen el secreto de la caridad. De acuerdo a estas enseñanzas la Iud es como una moneda, simple y pequeña. La Hei es como la mano que da esta moneda. La Vav es el brazo que se extiende para dar. La última Hei es la mano de la persona que recibe la moneda. Esta es la caridad en su nivel mundano. También puede comprenderse en un nivel Divino: La Iud es la existencia. Esta existencia es lo que Dios quiere dar. En este nivel, sin embargo, la existencia es tan poderosa que no podemos recibirla. De modo que la Hei, como una mano, representa el concepto de algo que puede retener la existencia. La Vav es una extensión posterior de este concepto, algo que reduce suficientemente este poder como para permitirnos existir. La última Hei es nuestra capacidad para recibir la existencia que Dios nos quiere dar (ver Innerspace p.ll -12).
Dios y el Alma Humana
El Ari (Rabí Itzjak Luria, 1534- 1572) explica que estos cinco niveles del Tetragrámaton corresponden a los cinco niveles del alma (Etz Jai m 42:3). El alma es de hecho una unidad conectada al Dios Único, aunque graduad a en diferentes niveles que representan los diferentes aspectos de su relación con el cuerpo. Estas cinco partes son conocidas (en orden descendiente) como:
Iejidá – esencia única y singular
Jaiá – esencia viviente
Neshamá – alma divina
Rúaj – espíritu
Nefesh – alma residente
Ellas corresponden también a los cinco niveles de universos, Adam Kadmón (el Hombre Primordial), Atzilut (Cercanía o Emanación), Briá (Creación), Ietzirá (Formación) y Asiá (Acción o Terminación). Todos estos grupos de cinco pueden ser descritos en términos de sus paralelos en el nivel humano. La voluntad más interna de una persona corresponde al ápice de la Iud, Iejidá y Adam Kadmón. El nivel de la mente conceptual o indiferenciada corresponde a la Iud, Jaiá y Atzilut. El proceso del pensamiento corresponde a la Hei, Neshamá y Briá. El habla y la comunicación son paralelos de la Vav, Rúaj y Ietzirá. La acción corresponde a la Hei final, Nejesh y Asiá. Tetragrámaton, Universo, Alma, Manifestación Humana: ápice de la lud, Adam Kadmón Iejidá: voluntad, Iud Atzilut Jaiá: mente, Hei Briá Neshamá: pensamiento, Vav Ietzirá Rúaj: habla, Hei Asiá Nefesh: acción. Estas correspondencias y otras que veremos a lo largo de este libro no son en absoluto mecánicas; ellas representan conexiones muy profundas entre nosotros y las dimensiones superiores. Como vimos más arriba, nuestras almas se encuentran enraizadas en lo trascendente. Como resultado, cuando tenemos pensamientos – por ejemplo, cuando contemplamos alguna verdad o simplemente apreciamos el hecho de que estamos vivos o nos damos cuenta en un instante de que Dios está realmente aquí con nosotros pese a toda indicación en contrario – estos no son meros pensamientos que vienen y van y que nunca volverán a ser pensados, No, Ellos son lo que nosotros somos realmente, y lo que realmente somos es algo eterno. Estos pensamientos son la conexión entre nuestras almas y Dios. Cuando sentimos algo con fuerza, cuando hablamos desde nuestro corazón, cuando actuamos o nos resistimos a la urgencia de una pasión, todas estas son expresiones de nuestras almas vibrando y trabajando dentro de nosotros y a través del medio de nuestro cuerpo. Y, como veremos, nuestros cuerpos son sensibles a estas vibraciones superiores, mucho más sensibles de lo que somos conscientes… Los antiguos maestros enseñaron que también existen cinco niveles en el mundo material. Se dice que la materia está compuesta por cuatro elementos básicos y un quinto «elemento fundamental» que armoniza y unifica a los demás. Los cuatro elementos son el fuego, el aire, el agua y la tierra. Estos cuatro elementos corresponden a los cuatro tipos básicos de personas o a los cuatro rasgos básicos de carácter de cada uno de nosotros (explicado más adelante; estos elementos no deben confundirse con los elementos de la química). El quinto «elemento» es el Tzadik, el individuo recto que une a los cuatro elementos, a los cuatro rasgos de carácter y a todos ellos con Dios (ver más adelante, Capítulos 4-5).
El Espacio Vacío
El Ari describe en el Etz Jaim (El Árbol de Vida) la manera en que Dios trajo el mundo a la existencia. Antes de que todas las cosas fueran creadas… La Luz Superna era simple [es decir, completa y perfecta ]. Ella llenaba toda la existencia. No había espacio vacío que pudiera ser caracterizado como espacio, como vacío o como desocupado. Todo estaba lleno de esa simple Or Ein Sof [Luz del Infinito]. No había categoría de comienzo ni categoría de final. Todo era una simple e indiferenciada Luz Infinita. El punto central representa el primer tzimtzum, el primer acto de la Creación. El círculo que lo rodea es el Espacio Vacío, en el cual es como si Dios se hubiera retraído a Sí Mismo para dejar lugar a la Creación. La línea representa el Kav. Cuando se elevó en Su Simple [es decir, perfecta] Voluntad el crear mundos y emanar emanaciones… Él constriñó [retrajo] Su Esencia Infinita desde el punto central de Su Luz [por supuesto que, dado que el Infinito no tiene un punto central, esto está dicho sólo desde el punto de vista del Espacio que está por ser creado]. Él retrajo entonces esa Luz [más aún], distanciándola hacia las extremidades alrededor del punto central, dejando un Espacio Vacío (Jalal HaPanui). Luego de esta retracción que dio como resultado la creación de un Espacio Vacío en el mismo centro de la Luz Infinita del Ein Sof, hubo entonces un lugar para todo lo que iba a ser emanado [Atzilut], creado [Briá] , formado [Ietzirá] y completado [Asiá]. El trazó entonces una Kav [Línea] simple y recta desde Su Luz Infinita Circundante hacia dentro del Espacio Vacío. Esta Kav descendió en etapas dentro del Espacio Vacío. La extremidad superior de esta Kav tocaba la Luz Infinita del Ein Sof [aquella que rodeaba el Espacio], y se extendía hacia abajo [dentro del Espacio Vacío hacia su centro], pero no totalmente hacia el otro extremo [para que el Espacio Vacío no colapsara y volviera a unirse en la Luz Infinita de Dios]. Fue a través de esta Kav , [como un conducto], que la Luz del EIn Sof fue hecha descender y expandirse debajo … Mediante esta Kav la Luz Superna del EIn Sof se expandió y extendió, fluyendo hacia abajo, hacia los universos que se encuentran dentro de ese Espacio y ese Vacío (Etz Jaim, Drush lgulim v ‘Josher 1:2).
El Alma, la Inspiración Divina y la profecía, el Alma y su actividad
El Camino de Dios, Rabí Moshe Jaim Luzzatto

Como ya aclaramos en la sec.1 cap.3, el ser humano se diferencia de cualquier otra cosa creada. El posee una combinación de dos elementos diferentes, opuestos: el cuerpo y el alma. Al hablar del alma humana, debemos necesariamente diferenciar entre dos elementos distintos. Uno de ellos es el mismo espíritu que poseen otros tipos de criaturas vivientes. Es el espíritu vivo que controla los sentidos y la inteligencia natural del ser humano. Este tipo de espíritu existe en todas las criaturas vivas y es una entidad sumamente etérea. Es transmitido por vía genética en el momento de la concepción y continua creciendo, hasta construir el cuerpo apropiado para cada especie. Asimismo, continúa posteriormente desarrollándose y es el responsable de los sentimientos y el grado de inteligencia particular de cada una de las especies. Y aunque en el reino animal existen diversos niveles de inteligencia, sin embargo, el intelecto humano se distingue de ellos en grado sumo. En este espíritu (básico) del hombre existen ciertas facultades y atributos que pueden distinguirse. Por ejemplo la imaginación, la memoria, la voluntad, todas estas facultades pertenecientes al espíritu humano y que se hallan circunscriptas a ciertos límites y actúan en forma específica.
Además de este espíritu básico, sin embargo, existe otra entidad espiritual en el ser humano, sumamente distinta y superior. Y la única razón por la que esta entidad forma parte del ser humano, es para unir al hombre con sus raíces celestiales, con las que debe asociarse para que sus actos produzcan en las fuerzas superiores un poderoso efecto. Es por medio de esta entidad espiritual que llega la influencia superior divina al hombre. Desde el alma divina la influencia es transmitida al espíritu animal del hombre y desde allí al cuerpo. Y el alma superior dirige el espíritu animal del hombre y por medio de ella se realizan las funciones necesarias durante todos los periodos de la existencia humana, siempre de acuerdo a la relación que el hombre crea con las fuerzas superiores. El alma superior se asocia con el espíritu inferior y este con los elementos más etéreos de la sangre. De esta manera, el cuerpo y ambas entidades espirituales se hallan unidos entre sí.
Debido a esta relación creada entre el alma superior y el cuerpo por medio del espíritu inferior, el alma se halla circunscripta a ciertas limitaciones, lo cual hace que se vea sometida al cuerpo por medio del espíritu inferior. Durante toda esta época de sometimiento del alma al cuerpo, o sea el periodo de duración de la vida humana, el alma se halla impedida de asociarse o funcionar con otras entidades espirituales o trascendentales. En este periodo ella es afectada por el accionar del cuerpo. Como resultado de la conducta humana, el alma puede relacionarse con la iluminación divina o alejarse de ella y apegarse a las fuerzas de la impureza; de ello depende su preparación para la perfección futura o el alejamiento de ella. El alma divina funciona en el cuerpo humano y dirige el espíritu animal de este y lo guía, formando las imágenes mentales acordes a su preparación. Ella también genera los pensamientos y deseos de acuerdo a la dirección hacia la que fue inclinada.
Y aunque generalmente clasificamos a esta alma divina como una sola entidad, en realidad ella consta de distintas partes y niveles. Podemos decir, que se trata de numerosas almas que se relacionan entre sí como los eslabones de una cadena; y así, como de la totalidad de eslabones surge la cadena, también de la suma de estos distintos niveles espirituales se origina el alma superior a la que nos referimos. Todos estos niveles se hallan interrelacionados y el último de ellos lo está con el espíritu inferior y este con la sangre, como ya lo mencionamos. Y es posible que algunas de estas partes del alma se retiren en algún momento y posteriormente regresen; o que se agreguen niveles superiores en el alma los cuales después desaparecerán. Sin embargo ninguno de estos sucesos produce un efecto visible en el cuerpo humano. Esta alma divina no produce ninguna influencia detectable en el cuerpo humano; no adiciona ni sustrae vitalidad o sensación alguna, pues su actividad se remite a la escencia real del hombre y a la apropiada asociación con sus raíces superiores. Este concepto, incluye el alma adicional (Neshama Yeterá) que ingresa en el hombre con el arribo de Shabbat y lo abandona con la salida de éste; empero cuyo arribo y salida no son detectados por el cuerpo. Estas partes en las que se divide el alma pueden ser clasificadas de la siguiente manera: Alma (nefesh), Espiritu (ruaj), Aliento (neshama), Chaya (esencia viva), Yechidah (esencia única).
Esta alma divina posee ciertas experiencias relativas a su propia naturaleza. Y aunque se halla relacionada con el cuerpo, como lo referimos más arriba, conserva cierta relación con lo espiritual, lo que no puede impedir su asociación con el físico. Sin embargo, esta asociación no origina ningún efecto notable sobre la mente humana y sus pensamientos, sino en muy pocas ocasiones. A esto se refirieron N.S. al decir: “Aunque la persona no lo vea, su destino lo ve” (Tal. Meguila7). Pues aunque el alma divina del hombre haya captado cierta información, empero la forma total no es transmitida al pensamiento o al intelecto humano, el cual capta una vaga sensación.
La Inteligencia Superior estimó apropiado dividir el tiempo en dos partes: una destinada a la actividad y la otra al descanso, o sea El día y La noche. Pues el día es el periodo de actividad del hombre, en tanto que la noche fue destinada al descanso. Y Dios proyectó la naturaleza de las criaturas de manera que deban descansar, a fin de que tanto su cuerpo como su espíritu recobren energías. Durante este tiempo, de descanso, se recuperan las energías físicas y espirituales, para despertar por la mañana con nuevas fuerzas para el trabajo cotidiano. Cuando el hombre duerme, sus facultades descansan, sus sentidos permanecen quietos y su mente se relaja y reposa. Lo único que continúa activo es su imaginación y concibe e imagina distintas imágenes, de distintas vivencias ocurridas durante la vigilia. Otras, son resultado de algunas substancias u hormonas que activan en el cerebro o producto de determinados alimentos consumidos. A esto responden las imágenes oníricas de cada persona. Asimismo fue decretado por Dios, que el alma divina de la que hablamos anteriormente, se desprenda levemente durante este periodo, de descanso, de sus ligaduras físicas, y algunas partes de ella (hasta ruah, espíritu) se elevan y se desprenden del cuerpo y solo la porción denominada Nefesh (alma) permanece con el espíritu inferior. Estas partes liberadas del alma, fluctuaran en el reino espiritual allí donde le concedan hacerlo. E interactuaran y se asociaran con otras criaturas espirituales como los ángeles supervisores de la naturaleza o con los ángeles asociados a la profecía, con los Shedim (demonios), etc., dependiendo cada experiencia de una cantidad de factores. En ocasiones, dichas experiencias son transmitidas paulatinamente hasta el espíritu inferior, estimulando la imaginación y la creación de diferentes imágenes (lo cual se puede presentar la persona en un sueño). Todas las cosas percibidas por el alma divina, sin embargo, pueden ser falsas o reales, dependiendo de los medios por los cuales fueron alcanzadas. La idea misma, es transmitida y representada en forma natural; en ocasiones esta información es sumamente confusa y se presenta en forma de imágenes distorsionadas, lo cual es producto de las distintas substancias que acceden al cerebro, y en otras la información es percibida con mucha claridad. Las personas, algunas veces, pueden recibir información y conocimiento, por este medio, de hechos futuros.
Esto ocurre como resultado de un decreto divino, el cual determina que esta información llegue al alma superior por medio de algunos de los servidores divinos, de cualquiera de los tipos que existen; y se transmite al espíritu y posteriormente es visualizado por la imaginación en forma clara o confusa, dependiendo de lo que decrete la Suprema Inteligencia. Sobre esto está dicho: “En un sueño y una visión nocturna… Dios abre los oídos de las personas” (Jób 33). Por lo tanto, los sueños en general pueden originarse en la misma imaginación o resultar de la estimulación que ejerce el alma de acuerdo a lo que percibe. Sin embargo, en cualquiera de estos casos el móvil se halla en alguno de los agentes espirituales que comunica la información a la Neshamá y esta la retransmite a la imaginación de la manera en que ya lo describimos. Si esta fuerza espiritual es uno de los servidores de la santidad, la información transmitida será real. Empero si se tratase de una entidad opuesta, a la santidad, lo que transmite será falso. A ello se refirieron N.S: “Los sueños reales se originan en los ángeles y los falsos en un Shed (demonio)” (Tal. Berajot 55). Y en todos los casos, existe en el sueño cierta distorsión proveniente de las formas de la imaginación humana. A esto se refirieron N.S. al decir: “Es imposible la existencia de un sueño que no contenga información vana” (Tal.Ib). Sin embargo, existe otra categoría de sueños, la de los sueños proféticos. A ellos nos referiremos en un capítulo aparte.
La Cábala y el Jasidismo
Meditar es Construir, Rabí Itzjak Ginsburgh
La Cábala y el Jasidismo hacen hincapié en la meditación como una técnica esencial para la comunicación con Dios. Con respecto a la meditación, así como con respecto a cualquier otro proceso de crecimiento, se habla de tres etapas del desarrollo espiritual: “punto, línea, área”.
Definido en su sentido simple, un “punto” es cero dimensional, una línea es unidimensional, y un área es bidimensional. En la consciencia humana, el estado del “punto” cero dimensional es la experiencia de quedarse estático, sin avanzar, el sentido de tener velocidad cero. El estado de línea unidimensional es la experiencia dinámica de movimiento a una velocidad continua y fija (matemáticamente, este tipo de velocidad continua es lineal). El estado del área bidimensional es la experiencia de aceleración, velocidad que se incrementa constantemente (matemáticamente, la aceleración se representa como una expresión cuadrática).
PUNTO | Cero Dimensional | Estático |
LÍNEA | Unidimensional | Velocidad, a una velocidad continua y fija |
ÁREA | Bidimensional | Aceleración, velocidad que se incrementa constantemente |
Definido en un sentido más amplio y profundo, el “punto” no debe entenderse literalmente como cero dimensional, ni tampoco la línea como unidimensional, ni el área como bidimensional. Estas tres etapas progresivas deben entenderse en relación una con la otra. El “punto” es el punto de partida de nuestro viaje espiritual hacia adelante; la “línea” es la conciencia de avanzar realmente hacia nuestro objetivo; el “área” es la experiencia de alcanzar el objetivo, poseerlo y ser poseído por él. Aquí, paradójicamente, el estado siempre creciente de aceleración se para mientras nosotros seguimos experimentando la dinámica vital del movimiento. En otras palabras, paradójicamente existen simultáneamente en nuestra conciencia movimiento y descanso.
“La estructura nos permite contemplar y entender profundamente cada uno de los conceptos, sus interdependencias y sus interrelaciones. Una vez que los conceptos han sido comprendidos correctamente, el método clásico de meditación es reflexionar en la estructura, ahora con la intención de animar sus componentes con un alma viviente, antes de la plegaria formal. Luego, durante la plegaria, usamos los conceptos bien estructurados como un método de realzar nuestra relación con Dios, “cara a cara”, una relación que se revela y se desarrolla eternamente. En la plegaria, elevamos y le ofrendamos a Dios el cuerpo y el alma de nuestra meditación, y Dios, a cambio, nos inspira con el entendimiento y el poder de acercar nuestra meditación a nuestra vida.”
Torá y Cabalá
Por Eduardo Madirolas Isasa

La Cabalá es la tradición esotérica y mística del judaísmo. Ahora bien, toda la sabiduría de Israel se encuentra contenida en la Torá, palabra que designa a la ley revelada, dada por Dios a Moisés en el monte Sinaí, pero que literalmente significa guía, instrucción y enseñanza. Estos términos hay que comprenderlos en un sentido integral, al modo de la sabiduría antigua. De hecho, haríamos justicia al verdadero concepto de la Torá si le diéramos los significados complementarios de camino espiritual, sentido último de las cosas, ley que todo lo rige y manual de instrucciones para la conciencia superior. El intentar dar un sentido comprensible a estos asertos es el objetivo del presente artículo.
Si bien de un modo restringido la Torá son los cinco libros de Moisés o Pentateuco, la primera de las tres secciones en que se divide la Biblia hebrea (aunque por extensión viene a designar a toda ella) la tradición considera que ésta es sólo su parte escrita (Torá Sebijtav). Son necesarias para su comprensión y aplicación toda una serie de exposiciones e instrucciones que eran transmitidas de boca a oído, de ahí su nombre de Torá oral (Torá Sebeal pé), y que se considera que también fueron reveladas a Moisés. Finalmente fueron puestas por escrito en el Talmud, ya que corrían el peligro de perderse tras la destrucción del segundo templo y la dispersión del pueblo judío. La parte más interna, la más recóndita u oculta del sistema, que también formaba parte de la Torá oral, siguió sin embargo siendo esotérica, enseñándose sólo de modo personal, a uno o a unos pocos discípulos. Eso es lo que constituye todo el conjunto de enseñanzas místicas y técnicas de desarrollo espiritual, algo así como la guinda que corona la tarta del judaísmo, y que más tarde afloraría bajo el nombre de Cabalá. Esta palabra significa recepción, lo que alude, sin duda, al modo de transmisión, pero también al acto de “revelación” interior que abría las puertas hacia las experiencias místicas límite llamadas “mundos superiores”.
Sólo entonces el aspirante era considerado mecubal, es decir, recibido. Mientras que en algunos momentos de la historia ciertas partes de la Cabalá también fueron puestas por escrito, éstas se refieren sobre todo a los aspectos teóricos y especulativos, que además podían ser vertidos en el lenguaje de los tiempos. La parte práctica, las claves psicológicas y las técnicas de elevación espiritual (así como las propias experiencias personales de los cabalistas), se mantenían en secreto en el seno de pequeños grupos o sociedades y eran enseñadas sólo a unos pocos discípulos dignos de ello. No siempre ha sido así. En tiempos bíblicos, durante la época de Salomón, el Talmud nos informa de que literalmente había millones de individuos introducidos en los misterios proféticos (Megilá 14ª; Shir HaShirim Raba 4:22; Rut Raba 1:2. Esta información está tomada del libro“Meditation and the Bible”, del rabino Aryeh Kaplan. Samuel Weiser, Inc.).
Por lo críptico del propio texto sobre las circunstancias personales de los profetas, parece como si éstos surgieran de la nada, por una elección divina, sin ningún esfuerzo o trabajo previo por su parte. Esta es una de las muchas ideas falsas preconcebidas con que nos enfrentamos a la interpretación del Tanaj, o Biblia hebrea. Nada más lejos de la realidad. Eran necesarios años de intensa práctica y disciplina antes de poder concentrar y canalizar el poder espiritual suficiente para siquiera tener la oportunidad de ser “elegido”. Está atestiguado que había escuelas especializadas en la enseñanza de la profecía y otros estadios de iluminación conocidos genéricamente como Rúaj HaKodesh (Espíritu Santo). Porque la profecía era quizá el último estadio de la escala mística, y aún dentro de ella había numerosos grados de realización.
En general, las experiencias místicas y espirituales personal no eran raras en aquellos días.
Ciertamente, los profetas bíblicos deben ser contados entre los grandes místicos de todos los tiempos. Sus elevadas técnicas de meditación, entre las que se encuentra toda la tradición de los Nombres de Dios y, por supuesto, del poder de las letras hebreas como instrumentos de meditación, son prácticamente desconocidas, habiendo sólo sobrevivido en parte en la Cabalá. Precisamente, una de las principales ramas de ésta recibe el nombre de “profética”, por dejar en un segundo plano la especulación teosófica para concentrarse en las prácticas conducentes al éxtasis. En general, los profetas asumían funciones de guías del pueblo y esto es de lo que trata la parte conservada de sus escritos. El hecho es que, en parte por su compromiso político, enfrentado al poder establecido (político y religioso), en parte por las desviaciones populares fáciles hacia la idolatría, el ocultismo y la hechicería, con sus peligros inherentes (lo podemos ver en la proliferación actual de cultos y sectas), las escuelas proféticas fueron perseguidas y finalmente abolidas. Sólo unos pocos grupos, pequeños y cerrados, pudieron mantener viva y activa la cadena de la recepción. El proceso de ocultación se realizó con tanto éxito que cuando algunas partes de la Cabalá salieron finalmente a la luz muchos objetaron que esta tradición no formaba verdaderamente parte de la revelación sinaítica (y por tanto de la Torá), que era una elucubración personal, en todo caso una elaboración muy posterior, reflejando, o incorporando incluso, influencias no judías. Sin negar las posibles influencias, probablemente en ambos sentidos, nos atenemos a lo escrito en el tratado Pirké Avot, escrito en la época talmúdica, en donde leemos que hubo una cadena de transmisión constante: “Moisés recibió (Kibel, de donde deriva la palabra Cabalá) la Torá en el Sinaí, y se la transmitió a Josué, y Josué la transmitió a los ancianos y los ancianos a los profetas y los profetas la transmitieron a los sabios de la Gran Asamblea” (Pirké Avot. Cap. I. Mishnah 1).
Fue en este periodo de reconstrucción, al retornar del exilio babilónico, cuando se declaró “oficialmente” cerrada la etapa de la profecía. Siguieron unos siglos de silencio y después afloraron las experiencias visionarias de la Mercavá, pero en los “cabezas de academia”, en los más sobresalientes individuos llamados “lámparas de la Torá”, es decir, de forma muy minoritaria y extremadamente selecta. Ahora bien, la pregunta es la siguiente: Si la revelación sólo consistió en los preceptos literales, que Moisés consignó en unos libros, junto con unas instrucciones verbales para practicarlos, ¿qué sentido tiene decir que le transmitió la Torá a Josué, etc., puesto que ya era pública, ya que todos debían cumplirla? Es evidente que lo que transmitió es la parte interna de la misma, la conexión efectiva con los mundos superiores, y en particular con su vértice superior, llamado la fuente divina de todas las cosas. El poder espiritual es precisamente lo que se “recibe”, el verdadero sentido de la palabra Cabalá. Pues un cabalista no es un erudito, alguien versado en libros, incluso que conociera de memoria todas las interpretaciones místicas de la Torá. Como hemos apuntado antes, no hay cabalista sin revelación interior, sin estar conectado y transmitiendo, ya que, por seguir con el símil eléctrico, como sabe todo el que intenta transitar las sendas del espíritu, el que está enchufado y no transmite, cortocircuita. Y el instrumento de conexión es precisamente la Torá, entendida y vivenciada de un modo particular, en un compromiso total con ella. Así se comprende que su estudio sea el precepto fundamental del judaísmo, ya que, en principio, la revelación del Sinái fue pública, abierta a todos, y todo judío, por definición, está llamado a un alto grado de desarrollo espiritual: “Pueblo de sacerdotes y nación santa”, en palabras de la propia Torá (Éxodo, 19:6). A una mentalidad que ha pasado por la crítica de la razón y la revolución científico tecnológica le puede resultar absurdo (o insensato) este punto de vista total, especificado en la vieja enseñanza rabínica de que toda la sabiduría se encuentra contenida en la Torá. ¿Cómo se puede hablar de sabiduría en un sentido absoluto en un texto tan polifacético, que incluye relatos de teofanías y otras manifestaciones espirituales, preceptos de conducta ética, documentos de historia, política y antropología, así como fragmentos de filosofía y cosmovisiones primitivas? Pero la respuesta es que la Torá es pluridimensional, con muchas lecturas e interpretaciones bajo la apariencia de una narrativa lineal que la hace aparecer un libro cerrado y sellado.

Aquellos que simplemente la contemplan a la luz del flujo entrópico de la historia, se quedan en los vestidos (por utilizar la metáfora del Zohar), apenas perciben el cuerpo, y menos aún el espíritu que lo anima. “¡Ay del hombre que dice que la Torá presenta meros relatos y palabras corrientes, porque, si este fuera el caso, nosotros mismos en la actualidad podríamos componer una torá y hacerlo aún mejor!”, se lamenta el Zohar por boca de Rabí Shimón Bar Yojai (Zohar III, 152 a). Y continúa explicando Bar Yojai, uno de los más grandes místicos de la humanidad, que la Torá tiene un cuerpo, que son los preceptos, el cual aparece cubierto con los ropajes de las narraciones de este mundo. Es de necios mirar sólo a los vestidos, porque su valor reside en el cuerpo, y el de éste a su vez en el alma: “Los que saben algo más miran al cuerpo debajo de la ropa. Pero los sabios, los (auténticos) servidores del Rey Supremo, los que estuvieron en el monte Sinaí (en cualquier tiempo y lugar) miran sólo al alma, que es el fundamento de todo, la verdadera Torá. (Pero todavía hay un más allá) Y en la vida futura (entendida como un estado atemporal del ser o como un nivel de conciencia superior) están destinados a contemplar el alma del alma de la Torá (Ibid. Todas las frases entre paréntesis son del autor de este artículo). Es evidente que si se quiere comprender algo de lo que aquí se está hablando, hay que abandonar la dimensión relativa y entrar, siquiera como hipótesis de trabajo, en otra categorización de la realidad, que se va a basar, a la vista de todo el uso hermenéutico del texto bíblico como preparación para la experiencia mística, en otra forma de entender el lenguaje. Hay que darle a éste un papel no neutro en el acto del conocimiento, admitiendo que entre conocedor y conocido hay una superficie de contacto que actúa como filtro, y que está constituída por el nivel descriptivo de la realidad, el cual selecciona, limita, configura en suma, lo que es la experiencia de esta realidad. Si se admite esto, se puede vislumbrar que diferentes modelos de la realidad (o diferentes estratos de significación de un mismo modelo) puedan mostrar, y de hecho muestren, de una forma no trivial, distintos paisajes gnoseológicos y vitales. El punto de vista aceptado es que el lenguaje es un espejo, más o menos translúcido de la realidad.
¿No puede ocurrir a la inversa, que la realidad sea como un “modelo” del lenguaje (en el significado semántico del término), es decir, una estructura que verifica o valida las proposiciones lingüísticas? Después de todo, ¿dónde sucede el mundo? ¿Ahí afuera, o en el sistema nervioso? ¿Qué resulta ser, por tanto, exterior y qué interior? Hay un nudo gordiano que enlaza inextricablemente a los vértices del triángulo objeto/lenguaje/sujeto. La filosofía antigua da preponderancia al objeto, y es tildada de realista ingenua. La filosofía moderna parte del sujeto, y termina en un idealismo a ultranza. La filosofía contemporánea – y posiblemente la futura – necesita enfatizar el tercer término, el lenguaje, pero en sus tres campos de semántica (relación con el objeto), pragmática (relación con el sujeto) y sintaxis (relación consigo mismo). La ciencia contemporánea (léase física cuántica) se halla perpleja ante las paradójicas intersecciones de los tres términos. El cabalista opta radicalmente por una visión monista, devolviendo a la palabra su estatus ontológico y creador. Los tres vértices son uno y el mismo. Existen actualmente como “separados” para determinado nivel de conciencia, el cual es una fase de desarrollo o desenvolvimiento de un “algo” único omniabarcante. Este es el modo en el que considera al lenguaje (sagrado) en el cual está escrita la Torá. Quizá si utilizamos la palabra “programa” (de software) en vez de “lenguaje” y consideramos a la realidad como un metaprograma (pues todo orden conlleva inherentemente una cantidad de información) procesado por la “maquinaria cósmica” tendremos una imagen plástica de lo que se quiere decir. En lugar de maquinaria, y ya que ella misma debe formar parte del programa, habría posiblemente que utilizar conceptos como “inteligencia universal” o “mente divina”, dejando estos términos sin especificar más que por analogía. Y así, la hipótesis es que, en forma codificada, la Torá es ese programa. En sus propios términos, el presupuesto de partida es que la Torá es palabra directa de Dios. Y es, hasta cierto punto, indiferente cómo se entienda este concepto de Dios – a qué se aplica exactamente – ya que todo el mundo sabe que es un velo, o un fondo, puesto delante de lo incognoscible.

A algunos les resultará sugerente, sin duda, alguna imagen evocadora, como, por ejemplo, la imagen del gran polo positivo de la batería cósmica, y considerar el mundo como energía (en el fondo todos esos términos son también elementos lingüísticos). La energía no sería puramente física -esa sería su circunferencia exterior – sino una energía viva, consciente, dadora y creadora (estamos empezando a construir otro modelo), a la que los antiguos llamaban Luz, entre otras cosas por su carácter intelectivo. De ella derivarían todas las energías particulares, ya sean espirituales, mentales o físicas, en un continuo que rompe sus simetrías y diferencia sus elementos (metáfora de la Gran Explosión). No podemos evadirnos de usar imágenes y, al menos, éstas se expresan en términos de uso corriente hoy. Lo que parece lógico es que todas las propiedades de lo generado deben dimanar de algo equivalente en el dimanador – aunque en otro orden de magnitud mucho más exaltado, y eso porque la mente no puede pensar más que en un número finito de categorías – lo que justifica los antropomorfismos usados: cuerpo, mente, palabra, pensamiento de Dios. Y el camino lógico, de nuevo, es el que invierte los términos: no es que el ser humano, que piensa, mediante una proyección primitiva, atribuya esta característica a un ser superior (proyección así mismo de su propio ser). Es más bien que el pensamiento humano es una contracción (tsimtsum, en lenguaje cabalístico) de la propiedad equivalente divina. Y así sucesivamente. En esta concepción, si la Torá es la concreción (o contracción) del programa divino, contiene al mundo y a todas sus leyes, si se sabe leer. Como dice el Midrash de los Salmos (sobre el tercero): “Si los capítulos de la Torá se hubieran dado en su orden correcto (entiéndase si la Torá estuviera escrita en forma abierta, no cifrada), cualquiera que los leyera podría crear un mundo, hacer milagros y resucitar a los muertos. Por eso, el verdadero orden de la Torá fue ocultado y lo conoce solamente Dios”. También la Torá contiene al ser humano, e incluso a la propia dinámica divina. Porque, como dice Gershom Scholem: “La Torá no es en realidad otra cosa que el gran (Desarrollo histórico e ideas básicas de la Cábala. Pag. 207 y ss. Editorial Riopiedras) Nombre del propio Dios. En ella Dios expresa su propio ser en cuanto éste tiene que ver con la creación y en cuanto puede manifestarse a través de la creación (Me he tomado la libertad de cambiar el tiempo del verbo a presente porque Scholem habla de la Cabalá como algo pasado)”. Así, por encima de la torá oral y de la torá escrita, está la Torá primordial, que es como decir la sabiduría, el espejo de la verdad divina, en el que Dios se mira a sí mismo (y de ahí la referencia al Nombre de Dios) y conoce todas las cosas en un eterno ahora: un estado de omniconciencia, descrito como pura luz, en el que todas las cosas existen atemporalmente como ideas vivientes, como en su arquetipo, antes de ser creadas en los mundos. Esta es la Torá que, según la tradición, Dios consultó durante dos mil años (una referencia a la primera letra del Génesis) para crear el mundo (y que no es otra cosa que su Pensamiento). Las letras de la Torá no son, por tanto, las letras escritas sobre pergamino (de la misma forma que un interruptor no es la corriente a que da paso), sino las distintas configuraciones primordiales que ha asumido la luz o energía divina (su Pensamiento), algo así como los distintos tipos de fuerza que existen. Las combinaciones de letras, en nombres, palabras, versículos, etc., en cuanto concreciones lingüísticas del pensamiento creador, son el agente formativo de la realidad. Esta es lenguaje y, en última instancia, reducida por las técnicas meditativas cabalísticas de construcción y de destrucción semánticas (para hacer audible la música del pensamiento puro, en palabras de Scholem), la realidad se torna conocimiento, sabiduría, conciencia pura, luz. No se trata, por supuesto, de negar los acontecimientos históricos o la validez de las prescripciones éticas.
Los distintos estratos interpretativos, y la tradición considera cuatro – literal, alegórico, metafísico y místico – no pueden ser contradictorios entre sí, sino más bien complementarios. Lo que se pretende es abrir una ventana a lo eterno en medio del tiempo. Espacio y tiempo, desde el punto de vista místico, son relativos: son instrumentos separadores (o diferenciadores) de elementos que, arquetípicamente, están unidos. Dios piensa en arquetipos. Este es el lenguaje que el cabalista se esfuerza por aprender. Su objetivo es vivir con un pie en cada mundo, haciendo de puente entre ellos. Todo lenguaje especializado, sea formal o simbólico, requiere un aprendizaje. La Cabalá, el lenguaje interno de la Torá, no es distinta en ese sentido. Pero hay una diferencia y es que no hay Cabalá sin compromiso: puesto que el mundo y el propio ser humano está contenido en ese Lenguaje que procesa el campo unificado de conciencia/energía, utilizar ese lenguaje es actuar sobre sí mismo y el mundo. Es como si una parte de un acelerador de partículas elementales fuera volitiva y autoconsciente, y pusiera por sí misma en funcionamiento el sistema del cual forma parte, incorporándose al flujo de energía que actualiza las ecuaciones físicomatemáticas de las interacciones entre partículas. Eso hace el ser humano con su pensamiento, con su concentración, con sus técnicas de meditación, con sus acciones éticas y simbólico-rituales intencionadas. Un Nombre Divino, por ejemplo, es como una ecuación: sus letras son operadores que actúan sobre determinadas configuraciones de esa energía que estamos considerando y que en Cabalá recibe el nombre de En Sof Or, la Luz infinita, procesándola y haciéndola, por así decir, más activa. Y actualizándola, el ser humano se hace cada vez más transparente, más poroso a esa Luz, saltando cuánticamente a órbitas de comportamiento y de ser cada vez más energéticas, más espirituales, transformándose por completo en el proceso. Este camino está abierto a todos, si se está dispuesto a trabajar lo suficiente. Por cierto que, por involucrar el todo de la persona, tiene sus riesgos y peligros: no hay más que ver los términos impresionantes en que viene descrita la experiencia del Sinaí (A la que todo un pueblo de más de tres millones de personas tuvo acceso; sólo que tuvieron miedo y retrocedieron, delegando en Moisés, la facultad de la experiencia directa (Ex. 20: 18-19)) – el fuego, la nube, la densa humareda… – y que representan barreras mentales que el meditador tiene que atravesar para alcanzar los planos espirituales. O las cuatro cáscaras de la visión de Ezekiel que encierran en su interior el núcleo: el viento tempestuoso del norte, que representa todas las agitaciones de la mente ordinaria (y que en estado de meditación se amplifican al infinito); la gran nube, que representa el estado de opacidad mental que sobreviene al transcender el anterior; el fuego relampagueante, o luz oscura, también llamada fuego del purgatorio, en el que el ser se ve claramente y tiene que purificar toda traza de negatividad; y, por último, el resplandor, que ya deja atravesar una cierta luz, pero que no permite ver claramente. Y en medio del resplandor, el jashmal, o silencio hablante, la fuente de la verdadera visión, análoga a la voz silenciosa del profeta Elías después de atravesar estadios similares a los descritos anteriormente. O la experiencia de los cuatro rabinos talmúdicos que entraron en el Pardes (acrónimo que significa que practicaban las artes místicas): uno murió (se quedó en el significado literal), otro se volvió loco (se quedó en el significado alegórico), otro apostató (se quedó en el significado metafísico), tan sólo Rabí Aquivá supo entrar en paz y salir en paz (alcanzó el significado místico). Evidentemente hay muchos niveles de realización y no todos pueden alcanzar las mismas alturas. Quizá las experiencias cumbres, hasta la llegada de la era mesiánica (edad de oro), sean patrimonio de unos pocos. Pero el mínimo – y nos hallamos actualmente muy por debajo del mínimo – es para todos. Porque un cierto grado de conexión, elevado incluso, es accesible. Esta es la recepción, la Cabalá, la llamada devekut o adhesión a la fuente divina. La devekut es un mandamiento de la Torá: “A Él te adherirás” (Deut. 10: 20). Por tanto, obliga a todo el que la sigue. Ese momento de dicha, la devekut, de comprensión sin límites, que resuelve no sólo la ecuación del mundo, sino también la propia – la del propio ser y destino – es el estado de conciencia que de partida corresponde a Adam, el ser humano arquetípico, del que la tradición afirma que podía ver de un extremo al otro del universo. La tradición afirma que la Torá es el Árbol de la Vida que nos hace retornar al Edén, otro nombre de la Sabiduría. Pero antes de poder comer de él, y vivir para siempre, es necesario pasar por la espada del keruv, hecha del fuego del jashmal, que se halla en el fondo de la propia mente. A la que todo un pueblo de más de tres millones de personas tuvo acceso; sólo que tuvieron miedo y retrocedieron, delegando en Moisés, la facultad de la experiencia directa (Ex. 20: 18-19).

UNIDAD
Por: Rabí Itzjak Ginsburgh.
Oye, Oh Israel, El Eterno es nuestro Dios, El Eterno es uno.
Esta declaración, conocida como el “Shemá”, es por excelencia nuestra afirmación de la unidad de Dios y también el tercer precepto continuo. Nos ordena a “oír” la unicidad absoluta de Dios en el oído interno de nuestra alma y a contemplar Su unidad perfecta. Aunque, en este mundo, no podemos ver con nuestros ojos físicos la unidad absoluta de Dios en la creación, razón por la cual tapamos nuestros ojos cuando proclamamos “Oye, Oh Israel…”, podemos “oír” o “entenderlo” en nuestro corazón.
TODO ES UNO
Aquí, comenzamos nuestra meditación recordando que todas las experiencias que afectan nuestra conciencia se originan al fin y al cabo de una sola fuente, es decir, Dios, cuya esencia abarca a todas las criaturas y es la realidad definitiva.
En nuestra contemplación sobre el segundo precepto, negamos todas las formas de idolatría al comprender firmemente que procesos de causalidad mundana no poseen ninguna realidad independiente. Ahora llegamos a la comprensión profunda de que verdaderamente Dios es la única realidad definitiva “no hay otro excepto Él”.
El orden lógico de los tres primeros de los seis preceptos continuos es, por lo tanto, que primero creemos en la existencia de Dios, luego negamos todos los otros dioses, y entonces llegamos al reconocimiento completo de la existencia absoluta de Dios como la única existencia verdadera.
FE EN PARTICULAR
Mientras que el primero de los Diez Mandamientos es referido en la Cábala y en el Jasidismo como “fe en general”, este precepto, unificar a Dios en fe, es referido como “fe en particular”. Mientras que la “fe en general” está arriba de nosotros, la “fe en particular” está en frente de nosotros.
“Fe en general” implica la experiencia de Dios estando con nosotros y observándonos desde arriba todo el tiempo. Todo ocurre dentro del contexto de la Providencia Divina. La trascendencia de Dios no está alejada de la realidad, sino que supervisa la realidad.
“Fe en particular” implica el reconocimiento de la unidad absoluta de Dios en todas las facetas de la realidad mientras se presentan en la vanguardia de nuestra conciencia de momento en momento. Dios no solo supervisa la realidad, sino que también Él es la misma esencia de toda la realidad.

TODO ES BUENO
Las implicaciones de este principio fundamental de nuestra fe en la unidad absoluta de Dios son muy variadas y profundas. Porque si todo lo que vivimos viene de (y en definitiva es) Dios, que es obviamente el bien definitivo, entonces todo debe ser terminantemente bueno. El hecho de que algo parece ser malo (y, cuando nosotros los humanos lo realizamos, es realmente un pecado punible) se debe solamente a nuestra visión limitada de lo que ha sucedido, sus ramificaciones inmediatas y las de largo plazo, deformadas, además, por nuestra propia idea de cómo tienen que ser las cosas.
Los sabios enseñan que “cuando uno se enoja, es como si estuviera sirviendo a ídolos”. Esta es na poderosa (y hasta uno podría decir extrema) afirmación. Pero cuando reflexionamos, ¿qué es lo que realmente causa el enojo? Cuando las cosas no resultan como yo quiero, me enojo; el mundo no se comporta conforme a mi visión de la perfección. Pero como Dios es el que está definitivamente en control, esto es igual que decir que ¡yo considero mi versión del mundo mejor que la Suya! Esta es una forma sutil de idolatría: estoy coronando mi intelecto y mi ego y les rindo homenaje. (Por supuesto, cuando los humanos son los culpables de las faltas del mundo, a veces es necesario mostrar enojo, para cuidarlos y cuidar el mundo, y para rectificar las faltas que ellos han causado e influir para que cambien sus caminos. Sin embargo, cuando esto se puede conseguir por “caminos placenteros” sin siquiera mostrar enojo, esta actitud es preferible.)
Ahora, por supuesto que no todos los que se enojan se dan cuenta de eso concientemente, pero el tema es que la conciencia continua de la unidad de Dios es el mejor antídoto para el enojo, y también para una variedad de enfermedades psicológicas que nos convendría no tener. Por lo tanto, es fundamental la importancia de mantener esta conciencia “en frente” de nosotros todo el tiempo.
MEDITACIÓN Y CÁBALA, Viviendo en el espacio divino.
LA MISERICORDIA DE EL ETERNO
Como enseñan los sabios, el Nombre Havaiá, denota el atributo de misericordia de Dios, mientras que el nombre Elohim denota Su atributo de juicio. De acuerdo con esto, este precepto puede ser interpretado: “Oye, Oh Israel: El Eterno [Havaiá el todo misericordioso] es nuestro Dios [Elohim, quien se nos presenta en la naturaleza a través de Su atributo de juicio, pero] El Eterno [Havaiá] es Uno [todo no es más que un aspecto de Su absoluta misericordia]”. La capacidad de ver los aparentemente divergentes fenómenos de la vida como manifestaciones de una sola fuente absolutamente misericordiosa, es un aspecto que distingue al Pueblo de Israel. Por eso, en el versículo “Oye, Oh Israel… “, el nombre Israel sobresale. Al contrario de cualquier otro nombre genérico del pueblo, “Israel” significa la experiencia del alma en su estado absoluto y puro, como “una verdadera parte de Dios en lo alto. Esta es también la razón por la cual este versículo es la afirmación central del judaísmo. No es solamente nuestra fe en la unidad absoluta de Dios la que pasa a primer plan aquí, sino también la esencia de nuestra propia raíz espiritual: Israel. En el libro de Isaías, el Pueblo de Israel es simbolizado como un árbol. Cada alma corresponde a una letra de la Torá, “el Árbol de la Vida”. La vida en forma general aparece por primera vez en el tercer día de la creación, el día que corresponde a la sefirá de tiferet (“belleza”) y a la dirección de frente. En la Torá, la raíz hebrea de tiferet es utilizad para describir el bello follaje de un árbol, la cumbre de la creación del tercer día. Más aun, el mismo Mesías, la más grande de todas las almas de Israel, es referido por los profetas como una “planta”. Cuando interiorizamos el precepto “Oye, Oh Israel, El Eterno es nuestro Dios, El Eterno es Uno”, participamos del Árbol de la Vida y rectificamos el pecado primordial de comer del fruto prohibido del otro árbol, el Árbol del Conocimiento del Bien y del Mal. “Oye, Oh Israel…” es la comprensión y el conocimiento de que el origen definitivo de lo que nos parece bueno o lo que nos parece malo es todo bondad y misericordia Divina. A este conocimiento lo ponemos siempre al frente de nuestra conciencia.
EMULAR AL CREADOR
A través del precepto de conocer a Dios nos volvemos conscientes de nuestra propia naturaleza Divina interior, y nos esforzamos por vivir de acuerdo con ella, es decir, emular a nuestro Creador. Como la misericordia (rajamim) es el atributo más esencial de Dios (porque la misericordia implica empatía, y así refleja, más que cualquiera de Sus otros atributos, la unicidad de Dios con su creación), la meditación en la unidad de Dios produce sentimientos de misericordia dentro del alma. Estos sentimientos de misericordia están dirigidos en primer lugar a las chispas Divinas dentro de otras personas y luego a toda la realidad en general. Redimimos las chispas Divinas de su exilio espiritual al esparcir la conciencia del único, bueno y misericordioso Dios.
FRAGMENTO DE LA INTRODUCCIÓN DEL SEFER YETZIRAH, LIBRO DE LA CREACIÓN.
Por: Rabí Aryeh Kaplan.

En general, la Cábala se divide en tres categorías: teórica, meditativa y mágica. La Cabalá teórica, es su forma presente, se basa fundamentalmente en el Zohar, y trata principalmente de la dinámica del dominio espiritual, especialmente de los mundos de las Sefirot, las almas y los ángeles. Esta rama de la Cabalá alcanzó su cenit con los escritos de la escuela de Safed en el siglo XVI. La gran mayoría de los textos publicados se incluyen en esta categoría.
La Cábala meditativa trata del uso de nombres diversos, permutaciones de letras y métodos similares para conseguir estados superiores de consciencia. Como tal, incluye un tipo de yoga. La mayoría de sus textos no han sido publicados nunca y permanecen dispersos en manuscritos que se encuentran en las principales bibliotecas y museos. Algunos de sus métodos experimentaron un breve renacimiento en la mitad del siglo XVIII con el auge del movimiento hasídico, pero antes de medio siglo ya habían sido olvidados en gran parte.
La tercera categoría de Cábala, la mágica, está muy relacionada con la meditativa. Consiste en diversos signos, encantamientos y nombres divinos mediante los que se pueden influir o alterar los sucesos naturales. Muchas de sus técnicas son muy parecidas a los métodos meditativos y su éxito puede depender de la propia capacidad para inducir a estados mentales en los que los poderes telekinetico o espiritual pueden ser canalizados efectivamente. Como ocurre con la segunda categoría, sus textos no han sido impresos nunca, aunque se han publicado algunos fragmentos. Uno de los mejores ejemplos conocidos es el libro Raziel. Un estudio cuidadoso revela que el Sefer Yetzirah es un texto meditativo con fuertes armónicos mágicos. Esta posición viene apoyada por las tradiciones talmúdicas más antiguas que indican que podía usarse para crear seres vivos. Son especialmente significativos los muchos testimonios y leyendas en los que el Sefer Yetzirah es empleado para crear un Golem, un tipo de androide místico.
Los métodos del Sefer Yetzirah parecen referirse a la meditación y es muy posible que fuera escrito originalmente como un manual de meditación. Uno de los grandes filósofos del siglo XII establece así que el libro no contiene filosofía, sino misterios divinos. Esto resulta claro en el comentario de uno de los principales cabalistas, Isaac el Ciego (1160 a 1236), quien enfatiza los aspectos meditativos del texto. Es también particularmente evidente en un manuscrito muy antiguo del Sefer Yetzirah, que data del siglo X o incluso antes. El colofón introductorio afirma: “Este es el libro de las Letras de Abraham, nuestro padre, y se llama Sefer Yetzirah, y cuando uno mira (tzafah) en él no hay limite a su sabiduría. Como discutiremos en nuestro comentario, el termino hebreo tzafah no denota una mera visión física, sino una intuición mística meditativa. Esta muy antigua fuente apoya por consiguiente la posición de que el fin del Sefer Yetzirah era ser utilizado como texto meditativo.
Los comentarios que consideran al Sefer Yetzirah como un texto teórico leen la mayor parte de él en tercera persona: “El combinó”, “formó” y expresiones semejantes. Según esto, el libro se está refiriendo a la creación de Dios. Sin embargo, hay muchos casos en los que la forma gramatical se parece mucho más al imperativo. El autor está diciendo al lector que “combine” y “forme” como si de hecho estuviera dando instrucciones. En muchas otras ocasiones el texto es instructivo sin ambigüedad, como cuando dice: “si tu corazón corre vuelve al lugar”, o “entiende con sabiduría y sé sabio con entendimiento”. En vez de hacer que el texto oscile entre la tercera persona y el imperativo sería más lógico leerlo todo en el imperativo. El Sefer Yetzirah se convierte entonces en un instrumento para un tipo especial de meditación. Por deferencia a la mayoría de los comentarios nos hemos abstenido de traducirlo en imperativo, pero las implicaciones de una lectura tal se discuten en el comentario.

La Creación está permanentemente unida al Kadósh Barúj Hú, de lo contrario no tendría existencia.
El dilema reside en la forma en que el hombre, síntesis de la Creación, se relaciona y percibe al Kadósh Barúj Hú: con la conciencia de que EL y Su Creación son una Unidad, o seccionando la continuidad de la realidad y la vida. Nuestra tradición especifica que todos los aspectos de la vida son diversos grados de una misma y única realidad, el Infinito/Ein Sof. Esta realidad generada por el Kadósh Barúj hú contiene todos los estados posibles, y es ilimitada e indivisible.
La palabra «Dios» deriva del latín Deus, que a su vez proviene de Zeus divinidad mitológica griega – hijo de Cronos ,»Dios» del tiempo. Esto dificulta nuestra comprensión y deforma nuestro concepto de la realidad, ya que pretende definir la base y objetivo de la Torá de acuerdo a una lógica humana limitada por el espacio y el tiempo.
Nuestra tradición nos transmite que: «Antes de la emanación de las emanaciones y la creación de los mundos, la Luz del Infinito llena toda la realidad» (libro «Etz Jaím» – El Arbol de las Vidas), siendo la Creación una proyección inferior de Su misma Luz.
Principios Generales de la Sabiduría de Kabbalah
LAS LEYES DE LAS BENDICIONES

En general, las brajot comienzan con la expresión: “Baruj Atá Adonai – Bendito eres Tú, Dios”. De esta manera expresamos nuestro deseo de que Dios sea bendecido. Por supuesto, filosóficamente necesitamos entender cómo un ser humano puede dar una bendición a Dios, Quien no carece de nada, creó toda la existencia y tiene una capacidad y un poder infinito. La respuesta es que Dios eligió que el mundo no funcionara independientemente, sino que la manutención del mundo dependiera del esfuerzo espiritual del hombre. Dios lo hizo de esta manera porque Él quería que el hombre comprendiera su completa dependencia de Dios, que debe rezar constantemente para satisfacer sus necesidades. En consecuencia el hombre se siente cerca de Dios y entiende que depende de su constante beneficencia.(4)
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Todos sabemos lo que es la plegaria. Existe en todas las religiones y culturas. La gente se dirige a otra con la plegaria rogando o pidiendo por algo. La plegaria puede ser dirigida a la gente o a la Fuerza Superior (como sea que ella la imagine).
La plegaria contiene gran poder porque cuando una persona siente que está en una situación límite, una plegaria de ayuda verdadera surge con toda la fuerza. Esta es una reacción natural a la que llamamos plegaria, una súplica, un clamor. También está la plegaria de gratitud que brota del corazón. Esta acción despierta enormes reservas internas de la persona y le brinda sanación, la habilidad de sobreponerse a los obstáculos que aparentan ser insuperables.
Sin embargo, en la Cabalá, «la plegaria» no es solo una súplica, sino una petición de corrección, para alcanzar el objetivo de la creación. Previo a la caída, de la sensación del Creador, nosotros no teníamos libros de oraciones porque la gente sentía al Creador y cada persona se dirigía a Él desde el corazón, en acuerdo con el versículo » El Alma de una persona le enseña». Cada persona sabía lo que necesitaba discernir y lo que necesitaba hacer para estar más cerca de la meta, unirse con el Creador y lograr la equivalencia de forma con Él.
La Plegaria del Corazón de Piedra

Este fue el caso antes de la caída del Templo, porque toda la nación vivió en las sensaciones más elevadas y sintió lo que necesitaba pedir. La sensación en el corazón de la gente fue la plegaria esencialmente. La gente vivió con el principio «Lo que uno siente en su corazón es lo que uno habla».
La gente sintió en sus corazones la aspiración, del otorgamiento, amor por el prójimo, amor por el Creador, y la equivalencia con Él. Esto fue sentido desde el corazón y por lo tanto las palabras no fueron necesarias. Expresar esto verbalmente es algo frecuente hecho por nosotros, en lugar de escucharnos internamente y comprender lo que nuestro corazón siente.
Ese fue el tiempo en que nosotros estábamos en un estado corregido. Sin embargo, luego el Templo fue destruido en nuestros corazones debido a la caída general de la gente del «amor al prójimo» al «odio infundado de unos a otros». Por ello, dejamos de ser similares al Creador y perdimos la equivalencia de forma con Él. Por lo tanto, Él desapareció de nuestra sensación y comenzamos a pedir, a necesitar cosas para nuestros egos en lugar de nuestra propia corrección.
Pedimos por cosas que son solicitadas por el nuevo deseo que se ha apoderado de nosotros, nuestro egoísmo. ¿Y qué puede querer ese egoísmo? Quiere sentirse bien y que otros se sientan mal, para así luego, sentirse mejor comparado con ellos.
Así es como nuestro nuevo corazón «el corazón de piedra» opera. Obviamente, no alcanzamos la plegaria verdadera hasta que no corrijamos nuestros deseos. Por otra parte, debemos saber, conocer, lo que es una plegaria verdadera para poder comprenderla al menos con nuestra mente (si no fuera con el corazón) y así avanzar en esta dirección corrigiendo nuestras cualidades.
Este es el porqué los cabalistas hicieron un libro de rezos para nosotros, para que así supiéramos qué pedir.
(Extracto de la primera parte de la lección diaria de Cabalá del 12 de julio 2010, La importancia de la plegaria de muchos.)
Tomado de: bneibaruchmexico.blogspot.com

GRADACIÓN DE LAS MANIFESTACIONES DE LO DIVINO EN LOS MUNDOS DE LA CREACIÓN, FORMACIÓN Y DE LA FABRICACIÓN
EL EXODO: Cortejo apasionado

Al analizar la festividad de Pésaj, la Torá nos dice: “Comerás matzá, pan ázimo, porque presuroso saliste de Egipto”.[1] ¿Cuál es la importancia de esta prisa, a tal grado que debemos recordarla para todos los tiempos?
Incluso antes de nacer Isaac, el hijo de Abraham, Dios dijo a Abraham que sus descendientes padecerían la esclavitud en una tierra extraña durante cuatrocientos años[2]. Durante este periodo de penurias, ellos iban a adquirir la humildad que necesitarían para poder recibir la Torá y convertirse en un pueblo santo.
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EL ABSOLUTO

El punto de partida de toda la reflexión cabalística es el de la unidad esencial de todas las cosas. Dios es Uno. La Realidad es una. Toda discontinuidad es aparente. Llamamos Absoluto al estado de Realidad Total. Esta Realidad incluye tanto a la parte que está manifestada, es decir, que se hace presente en la conciencia, particularmente en la conciencia humana, como la que permanece inmanifestada, y por tanto, no conocida, incluso incognoscible. Hablando globalmente, la parte manifestada es más amplia de lo que comúnmente entendemos por la Creación, pues el mismo Creador presenta una parte de sí manifestada, aunque en su esencia no lo esté.
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EN EL JARDÍN DEL EDÉN

El cuerpo de Adán era un cuerpo de luz e irradiaba Divinidad (Bereshit Rabah 20: 12). Era tan asombroso que los ángeles se confundieron y hasta pensaron en adorarlo (ibid. 8: 10). Incluso luego de haber pecado, siguió siendo un ser espiritual envestido en un cuerpo físico, irradiando espiritualidad. Pero, con respecto a su nivel anterior al pecado y, de más está decir, con respecto al nivel que se suponía que debía haber alcanzado, sus acciones produjeron un ocultamiento de la Luz de Dios. Su cuerpo de luz (kotnotor, donde or se deletrea alefvav-resh), que revelaba el alma, ahora la encerraba en un cuerpo de piel y cuero (kotnot or, donde or se deletrea ain-vav-resh) que oculta el alma (ibid. 20:12). Luz (or con alef) y piel (or con ain) corresponden a los dos árboles específicos del Jardín del Edén. Está escrito en la Torá (Génesis 2:8-9), «Y el Señor Dios había plantado un jardín en Edén, al oriente, y puso allí al hombre que había formado. Y el Señor Dios había hecho brotar del suelo toda suerte de árboles gratos a la vista y buenos para comer y también el árbol de vida en medio del jardín y el árbol del conocimiento del bien y del mal».
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DIOS Y EL HOMBRE

Una de las ideas que podemos afirmar acerca del Creador es que es bueno. Pero no sólo afirmamos que es bueno, sino incluso que Él define lo que el Bien es. Cualquier acto de Dios contiene el Bien en su estado más puro e infinito. La bondad y el amor de Dios son dos de las cualidades más básicas que podemos comprender, y ambas actúan en conjunto para llevar a cabo el propósito que Él tiene para el mundo. Es sobre esto que el Salmista canta: “Dios es bueno para todos, Su amor está sobre todas Sus obras” (Tehilim 145:9).
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«ORÍGENES»

¿Qué significa la palabra “Cábala”? Se deriva de la raíz “Kabal” (ל ב ק ,( qué quiere decir “recibir”. Éste vocablo implica que se trata de un tipo de sabiduría que es recibida (R.Abraham Abulafia, Sefer haJeshek 31a, Bezot lo Yehuda 15). La Mishna declara: “Moshe Kikel la Tora en el Sinai y la transmitió a Yehoshua. Yehoshua la transmitió a los Ancianos…” (Abot 1:1, likutey Tora del Arizal, y otros). Moshe fue el maestro de todos los profetas (Tikuney Zohar 18, 31b.). Él llegó a comprender la Tora completamente. [Moshe tuvo así acceso a todas las cuarenta y nueve puertas de la Sabiduría, Zohar I, 260b, e innumerables otras fuentes]. En este sentido, su visión profética es análoga al de un recipiente abierto que siempre es capaz de recibir más. Quizá el secreto de la capacidad profética de Moshe era que cuanto más transmitía a otros, más era capaz de recibir.
Es por esta razón que la Mishna precisa que “Moshe recibió Tora”, ya que él constituyó el paradigma de recepción (Cabalá) de la experiencia profética (Shaare Kedusha 3:6, Ramban a Shemot 34:19, y otros). En este sentido, la idea central de la Cabalá consiste en imbuirse completamente de la Torá y conectarse con ella en todos sus niveles posibles. [Es por eso qué la Torá es frecuentemente designada como PaRDes (ס ד ר פ ,( acrónimo de las palabras Peshat (sentido llano), Remez (alusión), Derush (análisis) y Sod (misterio). Véase Zohar III, 110 a, y muchas otras fuentes.
Cuando se agrega el quinto nivel de comprensión de la Torá, Razín Setimín (misterios ocultos), los niveles de interpretación se corresponden con los cinco niveles del alma, y los cinco universos (Deguel Majane Efraim, Haazinu 77c, citado en Sefer Baal Shem Tov, Yitro 9.)]. Sin la Cabalá una persona podría comprender la Tora en varios niveles. Sin embargo, la única forma de captar todos los matices de la Torá es por medio de la sabiduría profética que está contenida en la Cabalá (Derej Hashem 3:3:1-2).
Ahora podemos comprender qué fue lo que Moshe “Transmitió a Yehoshua” y así sucesivamente. En Bemidbar 27:20, la Torá relata que Dios dijo a Moshe que impusiera su espíritu sobre Yehoshua. Esto quiere decir que Moshe debía imbuir a Yehoshua con su propio espíritu de profecía. Según un antiguo Midrash, esto incluía los métodos y las disciplinas necesarias para adquirir el nivel profético. Por consiguiente, lo que Moshe transmitió a Yehoshua fueron las fórmulas para acceder al estado profético. Estas fórmulas constituyen la tradición cabalística.
A lo largo del periodo de los Profetas, la Cabalá fue preservada por los profetas principales y transmitidas a discípulos selectos (siempre es necesario un maestro que sirva de guía). Durante esa época el Santuario (y más tarde, el Primer Templo), sirvió como punto focal de todas las experiencias proféticas. [La cámara situada en la parte más interna, tanto del Santuario (Mishkán) en el desierto como del Templo (Bet haMikdash), era el Kodesh HaKodashim -el lugar Santisimo-, en medio del cual estaba colocada el Arca de la Alianza y los Querubines.
La estructura total del Arca y los Querubines es descrita en detalle en Shemot 25:10-22 y 37:1-9. Fueron construidos bajo la supervisión de Moshe después de que descendió del monte Sinai. Dios dijo a Moshe: “Yo me comunicare contigo, y te hablaré por encima de la cubierta del Arca, de en medio de los Querubines que están en el Arca del Testimonio” (Shemot 25:22). Este versículo implica que el flujo primario de la profecía llegaba a través de éstos dos Querubines situados en el Kodesh HaKodashim. Y lo que era cierto respecto de Moshe también aplicaba a los demás profetas.
Cuando el Templo fue destruido, al profeta Yejezkel le fue mostrada una visión que tenía como finalidad señalar el final del periodo de mil años de profecía. Esta visión es conocida como “Maase Merkabá”, la Disciplina o el Arte del Vehículo. A diferencia de los mensajes proféticos previos, la visión de Yejeskel incluía una descripción detallada del ascenso espiritual del profeta, así como de los obstáculos que enfrentó antes de poder escuchar la voz de Dios. Dado que vivía en la época del cierre de la profecía, la visión de Yejezkel tenía que contener instrucciones precisas acerca de cómo alcanzar y entrar en el estado profético. No obstante, estas instrucciones fueron dadas en un lenguaje altamente oscuro y ambiguo. El resultado fue que para todo efecto práctico, la tradición cabalística permaneció más oculta de lo que había sido hasta entonces.
Al llegar la época de la construcción del Segundo Templo, la llave de entrada a la tradición cabalística fue transmitida a los últimos profetas y a los más grandes sabios del pueblo de Israel. Juntos esos profetas y sabios, integraron el conjunto de 120 miembros de los Hombres de la Gran Asamblea (Anshe Keneset haGhedolá). Fueron estos sabios quienes formularon el texto de la Mishna citada en el tratado de Jaguiga, que dice: “El conocimiento de Maase Merkabá sólo puede ser enseñado a discípulos individuales (uno por uno), y éstos deben ser sabios y comprender a partir de su propio conocimiento.»
Restringiendo sus prácticas místicas a un reducido número de maestros de Cabalá, éstos sabios se aseguraron de continuar la transmisión de la tradición cabalística. Fuera de este círculo de maestros místicos, estas prácticas permanecían casi totalmente desconocidas.
Ésta fue la norma que siguió hasta justo después de la destrucción del Segundo Templo en el año 70 e.c. Fue sólo entonces que las cosas comenzaron a cambiar. Analizando en retrospectiva ese periodo histórico, podemos observar que incluso después de que el Segundo Templo fue destruido, el Imperio Romano continuó permitiendo que un remanente de judíos siguiera habitando en la Tierra de Israel. No obstante, como consecuencia de la rebelión de Bar Kojbá contra los romanos en los años 132-135 e.c., la situación se deterioró drásticamente. En esa época, los romanos adoptaron el propósito de extirpar los últimos restos de Torá del pueblo de Israel. Las persecuciones del emperador Adriano contra los judíos llegaron a tal intensidad que todos los maestros de Torá fueron condenados a muerte. Ésta fue la época de los Diez Mártires, entre quienes se contaba a los transmisores finales de la tradición cabalística. Como resultado de estas persecuciones, la tradición oral de Torá desde su revelación y en especial, la tradición de la Cabalá, corrió el riesgo de ser olvidada.
Fue en esa época que Rabí Akiba recibió la tradición por parte de sus Maestros. Él fue considerado el más grande sabio de su generación, Maestro tanto de la Torá revelada como de la esotérica. Rabí Akiba fue uno de los receptores de la tradición mística de la Merkabá. Muchas fuentes atribuyen a Rabí Akiba la autoría del “Sefer Yetzirá” (Libro de la Formación), uno de los textos cabalísticos más antiguos y esotéricos. Fue Rabí Akiba quien transmitió estas enseñanzas místicas en un formato preciso y definido. En esa época, Rabí Nejunia ben haKana y su discípulo, Rabí Ishmael ben Elisha, quien era el Kohén Gadol, pusieron por escrito el Sefer HaBahir (Libro de Iluminación o Resplandor), así como Pirke Hejalot Rabatai (Gran Libro de los Aposentos Celestiales). Estos dos sabios escribieron las tradiciones que habían recibido con la finalidad de preservarlas del olvido. El conocimiento contenido en el Zohar que fue uno de los principales pilares de la Cabalá, fue enseñado por Rabí Shimon bar Yojai alrededor del año 135 e.c. Rabí Shimon también vivió durante esa época turbulenta en la que los romanos, perseguían y asesinaban a todos los grandes Maestros, quienes eran los únicos transmisores de las tradiciones reveladas y ocultas.
Durante los trece años que Rabí Shimon permaneció escondido en una cueva con sus discípulos, se dedicó a enseñar lo que había transmitido de sus Maestros. Fue también durante ese periodo que recibió Inspiración Divina (Ruaj HaKodesh) y se hizo digno de recibir la revelación del profeta Eliahu. Una tradición oral antigua estipulaba que si la Torá Oral corría el riesgo de ser olvidada, era permitido ponerla por escrito. Por consiguiente, todos los Maestros establecieron el precedente de comenzar a escribir ciertas partes de la tradición oral. A pesar de eso, todos esos textos no recibieron su forma final hasta varias generaciones después.
Los textos mencionados, Sefer Yetzirá, Sefer HaBahir, y Pirke Hejalot Rabatai y el Zohar, así como las diversas partes de la Torá revelada -contenían las enseñanzas básicas que habían sido transmitidas de Moshe a los profetas y a los sabios. El tiempo había llegado para poner todo eso por escrito. Ahora bien, todos esos textos son tan impenetrables que uno podría preguntarse qué se ganó con ello. Lo mismo que la Torá en su época, el conocimiento puesto por escrito siguió siendo impenetrable. Las claves de su comprensión seguían siendo orales. Sólo se había puesto por escrito lo mínimo para asegurarse de que sólo el individuo ya familiarizado con la tradición pudiera comprenderlo.
Este conjunto variado de textos -que abarcan desde la comprensión práctica de los preceptos hasta la experiencia sublime de la profecía- siguió siendo un libro sellado. A pesar de todo, la tradición de la Cabalá había sido preservada. Hemos mencionado ya, que uno de los pilares de la Cabalá era el Zohar. Fue sobre la base del Zohar que dos de los más grandes cabalistas de la época moderna elaboraron sus sistemas: Rabí Moshe Cordovero, conocido como el Ramak, y Rabí Itzjak Luria conocido como el Arizál. El lenguaje del Zohar es opaco. Con mucha frecuencia, el Arizál solía tomar un pasaje del Zohar y meditar largamente sobre él, quizá repitiéndolo una y otra vez como un mantra, hasta que su significado profundo le era revelado (Shaar Ruaj haKodesh 36, b).
La primordial relación que hay entre los escritos del Arizál y el Zohar reside en el hecho de que sin las enseñanzas del Arizál, el Zohar no tiene sentido en absoluto. Un individuo podría estudiar el Zohar, que es un texto de alto contenido poético, sin detectar en él ninguna estructura o sistema. Pero una vez conociendo los escritos del Arizál, todo el Zohar se vuelve un libro abierto. Un ejemplo de éste fenómeno son las cualidades de los metales. Un individuo podría estudiar los metales y darse cuenta de que la plata es blanca, el oro amarillo y etc. A pesar de todo, no podrá comprender las razones de estos fenómenos a menos que estudie las teorías científicas sobre los átomos y los objetos físicos. Las enseñanzas del Arizál podrían ser consideradas como la teoría atómica del Zohar: con ellas toda la información comienza a tener sentido. A partir de ahí, el ser humano puede profundizar cada vez más, hasta donde su mente pueda alcanzar, y siempre descubrirá nuevos tesoros (Etz Jayim 19).
Esto aplica al estudio de todos los libros del Arizál. Un punto primordial, que a veces es pasado por alto, es que la Cabalá no puede mantenerse por sí sola sin la totalidad de la Torá revelada, ya que forma parte integrante de toda la Torá. No hay una sola obra de la Cabalá que no contenga citas de la Torá, el Talmud y el Midrash, y por ello se requiere un conocimiento general. Hay tres tipos de Cabalá: la teórica, la meditativa y la práctica. La teórica esencialmente proporciona una descripción de la dimensión espiritual. La meditativa enseña la forma de acceder a esta dimensión interna. La teórica proporciona ese tipo de parámetros: en que dimensión espiritual uno se halla, si del lado positivo o negativo, etc. El tercer tipo de Cabalá es el práctico o mágico. En este caso casi no hay libros publicados, excepto Raziel HaMalaj, el cual está dividido en tres secciones. Sin embargo, al primer impresor de esta obra se le cayó el manuscrito y lo imprimió con los folios en desorden. El que se ocupó de la impresión no encontró errores en ella porque no se suponía que debía entender el texto. Uno de los principios más importantes del Judaísmo es la convicción en la unidad absoluta del Creador en todos los aspectos posibles. Concebimos al Creador como una unidad simple, simultáneamente Uno y Simple en forma absoluta. En él no hay ningún aspecto de estructura, forma o pluralidad. No obstante, esto plantea una interrogante fundamental: ¿de qué modo el Creador -que es simple en forma absoluta- interactúa con los diversos aspectos y partes que forman Su Creación? ¿De qué manera lo Uno puede interactuar con lo múltiple? Pero también, mientras reflexionamos sobre esta interrogante, incluso antes que responderla surge otra pregunta que nos deja perplejos: según los cabalistas, la esencia simple del Creador es tan poderosa que forzosamente debe permanecer oculta para que la Creación pueda existir.
Pero por otro lado, si Él se retirase completamente, la Creación dejaría de existir. Tenemos así una paradójica situación en la que la existencia misma de cualquier otro ser que no sea Dios se vuelve sumamente tenue y frágil. Esto implica que, en realidad, la pregunta esencial ya no es ¿Cómo puede el Uno interactuar con lo múltiple?, sino ¿Cómo puede lo múltiple existir? Los cabalistas responden a ésta y a la anterior pregunta explicando que el Ser Supremo creó una dimensión espiritual. Esta dimensión está formada por el concepto básico necesario para crear el universo y mantenerlo. Es básicamente a través de esta dimensión espiritual que el Creador interactúa con el universo. Constituye un puente entre Dios y la Creación que actúa como mecanismo atenuante, impidiendo así que la Creación sea avasallada por la intensidad de la esencia de Dios, al mismo tiempo que le permite estar imbuido en ella. Según la mayoría de los cabalistas, la existencia de esta dimensión espiritual nos permite hablar de la relación multifacética que Dios tiene con el universo sin contradecir el principio básico de Su unicidad y Su simplicidad. La razón de esto es que, según la Cabalá, cualquier acción o estado de ser que podamos atribuir al Creador se refiere en realidad a una entidad espiritual que Él creo con el fin de interactuar con el universo, no a Él mismo. Por ello, si no se tiene algún conocimiento básico de cómo esta realidad está estructurada -en otras palabras, conocimiento de la Cabalá teórica-, el ser humano realmente no puede saber de qué modo Dios interactúa con nosotros. Además, el conocimiento de ésta dimensión espiritual nos proporciona las claves para comprender toda la tradición profética, comenzando con la Torá misma y culminando con las ideas cabalísticas más abstractas.
Así pues, si deseamos formarnos una idea de la dimensión espiritual, podríamos describirla como una computadora espiritual infinitamente inmensa. Esta computadora está programada para cumplir el propósito Divino último de prodigar benevolencia a Su Creación. La principal diferencia entre la dimensión espiritual y una computadora reside en el hecho de que los elementos constitutivos de aquélla están formados por seres espirituales inteligentes y sensibles. Ya que el principal objetivo de la Cabalá consiste en resolver la paradoja inherente a la forma en que Dios se relaciona con la Creación, casi exclusivamente trata acerca de la estructura y la dinámica de ésta dimensión espiritual.
RABÍ ARYEH KAPLAN
Imágen: es.chabad.org
«EL LENGUAJE DE LA SABIDURÍA I»

El lenguaje en su forma escrita y oral es la herramienta básica para transmitir una sabiduría. Por dicha razón nos es imposible entender el judaísmo sin el conocimiento del real significado de los conceptos y códigos que transmiten esta Sabiduría. La Sabiduría de Israel está compuesta por la tradición escrita/Torá shevijtáv y la tradición oral / Torá shevealpé las cuales, en su conjunto, conforman el conocimiento judío.
La Torá de Israel, nuestra Sabiduría y tradición, se puede comparar a un gran prado con frondosos árboles, fuertes ramas y profundas raíces a través de las cuales extraen su vitalidad. Para que dichos árboles den su fruto, es preciso una elaboración en la que participen todos los elementos de nuestro prado. La semilla puesta en la tierra debe recibir luz y agua para, finalmente, dar su fruto. Nos relata nuestra tradición que el hombre se compara a un árbol del campo.
Para que el hombre pueda recibir, es necesario que transforme la materia prima del mundo mediante su trabajo. En el mundo no hay edificios ya hechos, sino que debemos construirlos; para comer pan debemos plantar, cosechar y luego hornear, etc.
El Kadósh Barúj Hú nos dio los elementos básicos para poder completar la Creación. El Kadósh Barúj Hú nos dio la Torá, el plano, pero para extraer la Sabiduría contenida en la Torá debemos esforzarnos y extraer de nuestro interior, ayudados por la Torá, los frutos. Cuando la Torá no es trabajada y estudiada, es como quien tiene la semilla, la tierra y el agua, ya que todo está en potencia, pero para comer pan hace falta el trabajo del hombre.
Y, a su vez, para que todos coman hace falta enseñar a arar, plantar, cosechar, hornear y saber dar. El vocablo prado, en hebreo pardés, alude al prado de la Sabiduría, dado que las iniciales de dicha palabra conforman las cuatro perspectivas a través de las cuales entendemos la Torá. La primera inicial (P) se refiere al pshat. Pshat caracteriza lo simple, es el relato literal de la Torá. Es exactamente lo que leemos o escuchamos sin segundas intenciones. Es la raíz de todas las formas de percepción.
La segunda inicial (R) alude al remez. Remez nos indica una insinuación. No tiene una diferencia substancial con el pshat, mas revela lo interior de él. El remez le da una dimensión más profunda al relato ya que los personajes, las situaciones y todos los detalles presentados por la Torá, inclusive las letras, nos transmiten una enseñanza siempre actual. En el pshat las ideas son expresadas en forma directa, detallada y explícita mientras que en el remez son mencionadas por la senda invisible de la insinuación, y, el entendedor … entiende.
Estos dos caminos de entendimiento «cuidan» el interior de la Torá, ya que ocultan más de lo que revelan. Al entrar al laboratorio de un gran científico, sin el conocimiento de los códigos de su ciencia, poco y nada entenderemos a pesar de tener todo frente a nuestros ojos.
La tercer inicial (D) nos indica el drash. Drash proviene del verbo exigir. Esta lectura encierra una búsqueda en la cual el hombre exige un significado más profundo del texto que en las anteriores perspectivas. La última inicial del pardés (S) nos indica el sod.
Sod significa secreto. El Zóhar [1], uno de los libros más importantes de la Sabiduría de la Kabalá, define al sod como causa, ya que quien conoce la causa conoce la consecuencia, es decir el «secreto» Mientras el pshat y el remez son para el principiante en cierto modo pasivos, el drash y el sod son decididamente activos; provienen de un imperativo totalmente conciente de la voluntad. Cada una de estas perspectivas, a través de las cuales la Torá se expresa y manifiesta, no indica un cambio en la esencia interior de la Torá, sino en la forma en la que se presenta ante nuestra percepción y entendimiento.
El Rab Ashlag nos explica que, del mismo modo en que una persona se viste para presentarse ante el público, la Torá se «reviste» con diferentes «ropajes» para que los hombres puedan acercarse a ella gradualmente, haciéndola parte de sus vidas. El entendimiento integral de la Torá requiere una visión que sintetice la Sabiduría en una sola y única visión, como si observáramos un mismo acontecimiento desde todos los ángulos posibles al mismo tiempo. Cada una de las perspectivas del pardés es imprescindible para que nuestra comprensión de la Sabiduría sea plena.
Al ser el sod la causa las incluye a todas, ya que cuando comprendo el significado interior tomo conciencia de los objetivos y comienzo a percibir el orden en el cual cada aspecto cumple su función. La Sabiduría de la Torá se expresa mediante cuatro lenguajes generales: El lenguaje de la Torá. Expresado en los 5 libros de Moshe (Pentateuco).
*El lenguaje de la Halajá: Compendio de leyes y codigos, que incluye la Mishná, el Talmúd, el Shulján Arúj, etc., transmitido en un lenguaje técnico y sintético.
*El lenguaje de la Hagadá: Midrásh, relatos que amplían y continúan la tradición escrita, Torá shevijtáv (Pentateuco) y la tradición oral, Torá shevealpé (Mishná,
*Talmúd, Shulján Arúj, etc.)
*El lenguaje de la Kabalá. El lenguaje de la Kabalá utiliza todos los lenguajes antes mencionados.
La Kabalá por ser la parte interior de la Torá, no es una materia separada de la Torá sino que sintetiza, une y le da forma a toda la Torá como un todo indivisible. El vocablo Kabalá significa literalmente recepción, es decir, que dicho estudio prepara al hombre para recibir todos los grados y planos de la vida como una realidad única. El capítulo Pirkei Avót de la Mishná nos relata que: «Moshé Kibél Torá MiSinai Umsará leIehoshúa … » : «Moshé recibió la Torá desde Sinaí transmitiéndosela luego a Iehoshúa . . . «.
El vocablo kibél / recibió se refiere a la Kabalá / recepción. Todos los Patriarcas, Profetas y verdaderos Sabios del pueblo de Israel fueron y son Mekubalím / Kabalistas, es decir receptores y transmisores de la Sabiduría Interior de la Torá, la Kabalá. La Kabalá, nos permite a través de su estudio, forjar los instrumentos para lograr una lectura profunda, lúcida y objetiva de la Torá escrita/Torá shevijtáv y oral / Torá shevealpé. El conocimiento de esta Sabiduría nos introduce al trabajo espiritual conciente a partir del estudio de las leyes que rigen los diversos planos de la realidad. Dichas leyes están codificadas en los diversos textos de la espiritualidad de Israel: la Torá, el Séfer Ietzirá, el Talmúd, el libro del Zóhar, el Etz Jaím, el Shulján Arúj, el Sidur, etc.
El lenguaje de la Kabalá se denomina: lenguaje de las ramificaciones / sfát haAnafím. Este lenguaje le da al vocabulario de la Torá, de la Halajá y de la Hagadá una perspectiva multidimensional. Cada concepto del lenguaje de las ramificaciones / sfát haAnafím se desprende de un concepto previo, encadenando así causa y consecuencia, tal como sucede en un árbol en donde cada rama surge de otra rama. Quien siga cuidadosamente el camino de las ramas llegará al tronco y luego a las raíces que sustentan al árbol.
[1] El libro del Zóhar recoge la Sabiduría Interior de Israel, la Kabalá, transmitida por los Sabios de la Mishná (compilación de la tradición oral de Israel) hasta el tanaíta Rabí Shimón Bar Yojái (siglo II de la e.c.) El término zóhar implica dos aspectos: brillo y esplendor,(de la plenitud de la Luz); y también cuidado y advertencia (lehizahér), ya que para recibir y transmitir Luz es necesario un sumo cuidado en nuestros actos e intenciones.
Principios Generales de la Sabiduría de la Kabbalá.
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EL ALMA Y SU ACTIVIDAD, SECCIÓN 3, CAP. 1.

Como ya aclaramos en la sec.1 cap.3, el ser humano se diferencia de cualquier otra cosa creada. Él posee una combinación de dos elementos diferentes, opuestos: el cuerpo y el alma.
Al hablar del alma humana, debemos necesariamente diferenciar entre dos elementos distintos. Uno de ellos es el mismo espíritu que poseen otros tipos de criaturas vivientes. Es el espíritu vivo que controla los sentidos y la inteligencia natural del ser humano. Este tipo de espíritu existe en todas las criaturas vivas y es una entidad sumamente etérea. Es trasmitido por vía genética en el momento de la concepción y continua creciendo, hasta construir el cuerpo apropiado para cada especie. Asimismo, continua, posteriormente desarrollándose y es el responsable de los sentimientos y el grado de inteligencia particular de cada una de las especies. Y aunque en el reino animal existen diversos niveles de inteligencia, sin embargo, el intelecto humano se distingue de ellos en grado sumo.
Todo esto es resultado del espíritu (básico), en su desarrollo natural y en función de los elementos con los que cuenta a su servicio, en cada especie de acuerdo a su características particulares.
En este espíritu (básico) del hombre existen ciertas facultades y atributos que pueden distinguirse. Por ejemplo la imaginación, la memoria, la voluntad, todas estas facultades pertenecientes al espíritu humano y que se hallan circunscriptas a ciertos límites y actúan en forma específica. Además, de este espíritu básico, sin embargo, existe otra entidad espiritual en el ser humano, sumamente distinta y superior.
Y la única razón por la que esta entidad forma parte del ser humano, es para unir al hombre con sus raíces celestiales, con las que debe asociarse para que sus actos produzcan en las fuerzas superiores un poderoso efecto.
Es por medio de esta entidad espiritual que llega la influencia superior divina al hombre. Desde el alma divina la influencia es transmitida al espíritu animal del hombre y desde allí al cuerpo.
Y el alma superior dirige el espíritu animal del hombre y por medio de ella se realizan las funciones necesarias durante todos los periodos de la existencia humana, siempre de acuerdo a la relación que el hombre crea con las fuerzas superiores.
El alma superior se asocia con el espíritu inferior y este con los elementos más etéreos de la sangre. De esta manera, el cuerpo y ambas entidades espirituales se hallan unidos entre sí.
Debido a esta relación creada entre el alma superior y el cuerpo por medio del espíritu inferior, el alma se halla circunscripta a ciertas limitaciones, lo cual hace que se vea sometida al cuerpo por medio del espíritu inferior.
Durante toda esta época de sometimiento del alma al cuerpo, o sea el periodo de duración de la vida humana, el alma se halla impedida de asociarse o funcionar con otras entidades espirituales o trascendentales.
En este periodo ella es afectada por el accionar del cuerpo. Como resultado de la conducta humana, el alma puede relacionarse con la iluminación divina o alejarse de ella y apegarse a las fuerzas de la impureza; de ello depende su preparación para la perfección futura o el alejamiento de ella.
El alma divina funciona en el cuerpo humano y dirige el espíritu animal de éste y lo guía, formando las imágenes mentales acordes a su preparación. Ella también genera los pensamientos y deseos de acuerdo a la dirección hacia la que fue inclinada.
Y aunque generalmente clasificamos a esta alma divina como una sola entidad, en realidad ella consta de distintas partes y niveles.
Podemos decir, que se trata de numerosas almas que se relacionan entre sí como los eslabones de una cadena; y así, como de la totalidad de eslabones surge la cadena, también de la suma de estos distintos niveles espirituales se origina el alma superior a la que nos referimos.
Todos estos niveles se hallan interrelacionados y el último de ellos lo está con el espíritu inferior y este con la sangre, como ya lo mencionamos.
Y es posible que algunas de estas partes del alma se retiren en algún momento y posteriormente regresen; o que se agreguen niveles superiores en el alma los cuales después desaparecerán. Sin embargo ninguno de estos sucesos produce un efecto visible en el cuerpo humano. Esta alma divina no produce ninguna influencia detectable en el cuerpo humano; no adiciona ni sustrae vitalidad o sensación alguna, pues su actividad se remite a la esencia real del hombre y a la apropiada asociación con sus raíces superiores.
Este concepto, incluye el alma adicional (Neshama Yeterá) que ingresa en el hombre con el arribo de Shabbat y lo abandona con la salida de éste; empero cuyo arribo y salido no son detectados por el cuerpo.
Estas partes en las que se divide el alma pueden ser clasificadas de la siguiente manera: Alma (Nefesh), Espíritu (Ruaj), Aliento (Neshama), Chaya (Escencia Divina), Yechidah (Escencia Única).
Esta alma divina posee ciertas experiencias relativas a su propia naturaleza. Y aunque se halla relacionada con el cuerpo, como lo referimos más arriba, conserva cierta relación con lo espiritual, lo que no puede impedir su asociación con lo físico.
Sin embargo, esta asociación no origina ningún efecto notable sobre la mente humana y sus pensamientos, sino en muy pocas ocasiones.
A esto se refirieron N.S. al decir: “Aunque la persona no lo vea, su destino lo ve” (Tal. Meguila 7). Pues aunque el alma divina del hombre haya captado cierta información, empero la forma total no es transmitida al pensamiento o al intelecto humano, el cual capta una vaga sensación.
La Inteligencia Superior estimó apropiado dividir el tiempo en dos partes: una destinada a la actividad y la otra al descanso, o sea El día y La noche. Pues el día es el periodo de actividad del hombre, en tanto que la noche fue destinada al descanso.
Y Dios proyecto la naturaleza de las criaturas de manera que deban descansar, a fin de que tanto su cuerpo como su espíritu recobren energías. Durante este tiempo -de descanso-, se recuperan las energías físicas y espirituales, para despertar por la mañana con nuevas fuerzas para el trabajo cotidiano.
Cuando el hombre duerme, sus facultades descansan, sus sentidos permanecen quietos y su mente se relaja y reposa. Lo único que continúa activo es su imaginación y concibe e imagina distintas imágenes, de distintas vivencias ocurridas durante la vigilia. Otras, son resultado de algunas substancias u hormonas que activan en el cerebro o producto de determinados alimentos consumidos. A esto responden las imágenes oníricas de cada persona.
Así mismo fue decretado por Dios, que el alma divina de la que hablamos anteriormente, se desprenda levemente durante este periodo –de descanso- de sus ligaduras físicas; y algunas partes de ella (hasta el ruaj –espíritu-) se elevan y se desprenden del cuerpo y sólo la porción denominada Nefesh (alma) permanece con el espíritu inferior.
Estas partes liberadas del alma, fluctuaran en el reino espiritual allí donde le concedan hacerlo. E interactúan y se asociaran con otras criaturas espirituales como los ángeles asociados a la profecía, con lo Shedim (demonios), etc., dependiendo cada experiencia de una cantidad de factores.
En ocasiones, dichas experiencias son transmitidas paulatinamente hasta el espíritu inferior, estimulando la imaginación y la creación de diferentes imágenes (lo cual se puede presentar a la persona en un sueño).
Todas las cosas percibidas por el alma divina, sin embargo, pueden ser falsas o reales, dependiendo de los medios por los cuales fueron alcanzadas.
La idea misma, es transmitida y representa en forma natural; en ocasiones esta información es sumamente confusa y se presenta en forma de imágenes distorsionadas, lo cual es producto de las distintas substancias que acceden al cerebro, y en otras la información es percibida con mucha claridad.
Las personas, algunas veces, pueden recibir información y conocimiento, por este medio, de hechos futuros.
Esto ocurre como resultado de un decreto divino, el cual determina que esta información llegue al alma superior por medio de algunos servidores divinos, de cualquiera de los tipos que existen; y se transmiten al espíritu y posteriormente es visualizado por la imaginación en forma clara o confusa, dependiendo de lo que decrete la Suprema Inteligencia.
Sobre esto está dicho. “En un sueño y una visión nocturna… Dios abre los oídos de las personas” (Job 33).
Por lo tanto, los sueños en general pueden originarse en la misma imaginación o resultar de la estimulación que ejerce el alma de acuerdo a lo que percibe.
Sin embargo, en cualquiera de estos casos el móvil se halla en alguno de los agentes espirituales que comunica la información a la Neshamá y ésta la retransmite a la imaginación de la manera en que ya lo describimos. Si esta fuerza espiritual es uno de los servidores de la santidad, la información transmitida será real. Empero si se tratase de una entidad opuesta –a la santidad- lo que transmite será falso.
A ello se refirieron N.S.: “Los sueños reales se originan en los ángeles y los falsos en un Shed (demonio)” (Tal. Berajot 55).
Y en todos los casos, existe en el sueño cierta distorsión proveniente de las formas de la imaginación humana. A esto se refirieron N.S. al decir: “Es imposible la existencia de un sueño que no contenga información vana” (Tal. Ib.) Sin embargo, existe otra categoría de sueños, la de los sueños proféticos. A ellos nos referiremos en un capítulo aparte.
Rabbi Moshe Jaim Luzzato,
DIOS Y EL HOMBRE

El pilar fundamental del Judaísmo es la convicción de que la vida tiene un propósito. Por supuesto, esto también es cierto de las principales religiones del mundo, pero en el caso del judaísmo es el eje central. En caso de que podamos afirmar que el Judaísmo tiene una enseñanza central, sería que la existencia humana posee un propósito. El universo entero fue creado por alguna razón, y de algún modo el ser humano participa en eso (Zohar Jadash 70d).
Sin embargo, afirmar meramente que el universo existe para un propósito no es suficiente. El Judaísmo va un paso más allá, y asevera que tanto el ser humano como el universo tienen un propósito porque fueron creados por un Ser capaz de tener un propósito. A este Ser lo llamamos Dios. La verdad es que no tenemos la capacidad para comprender qué es Dios. Y así como no podemos entender lo que Él es, tampoco podemos entender Sus razones. No hay nada que podamos decir acerca de Dios mismo; sólo podemos afirmar que existe. No obstante, sí podemos hablar de la relación que Él tiene con Su mundo.
Por ello, podemos intentar entender el mundo y preguntar por qué existe. Podemos reflexionar y averiguar qué es lo que Dios mismo nos ha enseñado acerca del propósito de la Creación Una de las ideas que podemos afirmar acerca del Creador es que es bueno. Pero no sólo afirmamos que es bueno, sino incluso que Él define lo que el Bien es. Cualquier acto de Dios contiene el Bien en su estado más puro e infinito. La bondad y el amor de Dios son dos de las cualidades más básicas que podemos comprender, y ambas actúan en conjunto para llevar a cabo el propósito que Él tiene para el mundo. Es sobre esto que el Salmista canta: “Dios es bueno para todos, Su amor está sobre todas Sus obras” (Tehilim 145:9). Dios no tenía necesidad alguna de crear al mundo.
Él es la perfección absoluta y, por consiguiente, no tiene necesidad de nada en absoluto, incluso de la Creación. Por ello, hasta donde podamos comprender, lo único que podemos decir es que Dios creó el universo con la finalidad de prodigar el bien al ser humano. Dios mismo define a Su Creación como un acto de bondad. Es por esta razón que, al final de los primeros seis días de la Creación, después de haber creado al ser humano, la Tora dice: “Y Dios vio todo lo que había hecho, y he aquí que era muy bueno” (Bereshit 1:35). Aquí se nos dice que la creación del universo fue una expresión de Su bondad. Es por ésta razón que Dios hizo al ser humano último en el orden de la Creación. El mundo entero tenía que ser preparado para la aparición del hombre. Es por ello que Dios dice por medio del profeta: “Yo he hecho la Tierra, y Yo he creado al hombre en ella” (Yeshayahu 45:12). Pues es el ser humano el receptor último de la bondad divina, y de este modo cumple el propósito del Creador en Su mundo.
En el Midrash, los Sabios talmúdicos interpretaron este versículo en el sentido de que Dios prodiga el bien en la forma más abundante posible (Ester Raba 10:14). Y en otro lugar, explicaron que éste versículo significa que Dios dice al ser humano: “Tú conforme a tus capacidades, y Yo conforme a las Mías” (Midrash Tehilim 31). Esto quiere decir que el Creador nos proporciona el mayor bien que nosotros seamos capaces de recibir. Pero, ¿en qué consiste este bien supremo? ¿Cuál es el mayor bien que el Creador puede prodigar? La respuesta es muy sencilla. El bien supremo es Dios mismo. El mayor bien que Él puede proporcionar a los demás es Él mismo. No existe un bien más grande que experimentar un cierto grado de unión con el Creador mismo. Es por esto que el Salmista afirma: “No tengo más bien que Tú” (Tehilim 16:2).
El bien supremo consiste en apegarse al Creador, y es precisamente este bien el que Él tuvo la intención de otorgar al mundo. Dios creó un mundo donde Sus creaturas pudieran, en cierta medida, participar en Su esencia y experimentarlo. Los Maestros de la Cabalá enseñan que éste es el concepto básico que expresa el Nombre más sagrado del Creador: el Tetragrama (וה יה , YHVH) (Shaaré Orá 5). El Tetragrama está compuesto por cuatro letras: yud (י ,( he (ה ,(vav (ו ,( he (ה .(Estas cuatro letras poseen un significado muy especial. El Tetragrama está relacionado con los tiempos pasado, presente y futuro del verbo hebreo ser. En hebreo, fue es hayá (יה ה ,(es, es hové (וה ה (y será es yihyé (יה יה .( Por ello, cuando se lee el Tetragrama se debe tener en mente que el Creador “fue, es y será”, simultáneamente (Oraj Jayim 5:1, Zohar III, 257b, Etz Jayim 1:1; Shaar haYijud vehaEmuna 7,82 a). Esto indica que el Creador es trascendente en términos absolutos, y que está más allá de la dimensión del tiempo.
El Creador existe en una dimensión donde el tiempo no existe. Pero al mismo tiempo, el Tetragrama también significa que el Creador es mehavé (וה מה ,(es decir, que Él es “Aquél que hace que todo exista”. Es en éste sentido que el Tetragrama expresa la relación causal que Él tiene con Su Creación. Dios constituye la fuente de todo aquello que existe, y Su esencia permea toda la Creación (Tikuney Zohar 57(91a). Podemos comprender este concepto tomando como base una antigua enseñanza cabalística, que afirma que las cuatro letras del Nombre Inefable representan el misterio de la Caridad (Baal Shem Tov y Sefer haLikutim del Arizal). Según ésta enseñanza, la primera letra yud (י ( puede ser comparada con una moneda. La letra yud es pequeña y simple, al igual que una moneda. La segunda letra, he (ה (representa la mano que da la moneda. Cada letra del alfabeto hebreo también representa un número. Ya que le letra he es la quinta letra tiene un valor numérico de 5. El valor numérico de 5 alude a los 5 dedos de la mano. La tercera letra, vav (ו ,( que tiene forma alargada de un brazo, alude al acto de extender el brazo y dar algo. Además, en hebreo la palabra “vav” significa “gancho” y por ello este término connota la idea de vínculo. Y por último, la cuarta letra, he (ה (final, representa la mano del receptor de la caridad, el que recibe la moneda.
Esta es la esencia de la caridad en el nivel del mundano. Pero el concepto de “caridad” también puede ser entendido en un nivel divino. [En este sentido, las cuatro letras del Tetragrama aluden a las cuatro dimensiones existenciales (universos) primordiales. La letra yud se corresponde con Atzilut, el universo de la esencia divina. La letra he inicial se corresponde con la dimensión de Beriya, que es la dimensión del Trono (Kise). La vav se corresponde con Yetzirá, la dimensión de los ángeles. Y la he final se corresponde con Asiya, que es el mundo físico junto con su aspecto espiritual (Zohar III, 92a y otras fuentes como Pardes Romonim).] El mayor bien que el Creador prodiga es la existencia misma.
No tenemos ningún derecho inherente a la existencia; no es algo que podamos exigirle. Por consiguiente, cuando Él nos concede la existencia, eso constituye un regalo de amor y el acto de caridad más perfecto. Ahora entendemos que la letra yud representa el regalo mismo de la existencia. No obstante, en el nivel conceptual de la yud, la existencia todavía no es nuestra. Así como la letra yud al final de una palabra representa la posesión personal de algo, al nivel conceptual de la yud, la Existencia misma constituye una propiedad personal del Creador. Además, al inicio de una palabra, la letra yud indica el futuro, es decir, algo que todavía está en estado potencial. Es por esta razón que a nivel de la letra yud la existencia todavía está en estado oculto y latente, no asequible. No hay forma de acceder a ella hasta que sea creada una mano que sea capaz de recibirla. La primera letra he del Tetragrama es la mano del Creador que sostiene la existencia que Él nos quiere dar. Al nivel de la yud, la existencia es trascendental, incognoscible e imperceptible. Antes de volverse accesible a nosotros, primero debe pasar por un proceso de concreción. Esto es lo que indica el valor numérico de la he, que alude a los 5 dedos de la mano.
En el Tetragrama, la primera letra hei representa el recipiente que es creado con el fin de contener y definir el poder abstracto de la Creación. La vav del Tetragrama es la mano del Creador que se extiende con el fin de brindarnos la existencia. Es en el nivel de la vav que el concepto de “dar” llega a su perfección. Esto significa que se debe establecer un equilibrio entre el donador y el receptor. Esto lógicamente implica que debe existir una relación entre ambos. Hasta donde podemos expresar ésta idea, tanto como Dios desee darnos, lo que da debe ser consistente con nuestra capacidad para recibir, así como la manera en que lo hará, será determinado por sus acciones. Esta relación recíproca también tendrá como resultado que el ser humano podrá ensanchar su capacidad para recibir lo que Dios le quiere dar. Finalmente, la última he del Nombre Inefable representa nuestra mano que recibe la existencia. Ahora bien, es obvio que Dios tiene que proveernos incluso con la mano que tenemos. Por ello, en cierto sentido, el Creador nos concede la capacidad para recibir la existencia de parte de Él. Pero lo más importante es abrir nuestra mano para recibir lo que Dios nos está dando. Cuanto más ampliemos nuestra percepción de la Presencia de Dios y la mano Divina que guía nuestra vidas, tanto más grande será nuestra capacidad para recibir. Las letras del Tetragrama nos pueden enseñar muchas cosas acerca de la relación que Dios tiene con Su Creación.
Por un lado, aprendemos que el Creador es absolutamente trascendente, y por consiguiente, completamente diferente a cualquier cosa que haya en el universo. Por otro lado, también aprendemos que la presencia de Dios permeabilidad toda la Creación y le proporciona existencia continúa. En este sentido, la existencia misma que tenemos no es más que una sombra o reflejo del poder de Dios. Sobre esto, los cabalistas explican que si Dios se revelara completamente, la Creación y todo lo que hay en ella no podría subsistir y se anularía completamente. Si Dios se revelara a sí mismo, no habría la posibilidad de una existencia independiente en ningún nivel.
Es justamente porque el Creador se retiene y se oculta a sí mismo que la Creación puede subsistir. La idea anterior está relacionada con uno de los conceptos más importantes de la Cabalá: el Tzimtzum, palabra que denota la restricción o contracción de la luz del Creador. El concepto de Tzimtzum se origina en una paradoja fundamental. Por una parte, el Creador debe estar, de algún modo, presente en Su mundo; pero por otro lado, sí Él no se retrae a sí mismo de él, todo el universo sería completamente avasallado por su esencia. Así pues, la razón de que haya un Tzimtzum es para que la Creación pueda existir. Por definición, la Creación debe existir como una entidad independiente y, en consecuencia, no debe estar totalmente imbuida de la esencia divina. No obstante, al mismo tiempo, tampoco puede afirmarse que la esencia de Dios no permea toda la Creación, ya que “ningún lugar está vacío de Él”. Por ello, Dios debe separarse de la Creación mientras que, simultáneamente, permanece íntimamente vinculado con ella. Esta es la paradoja fundamental de la Creación.
Aryeh Kaplan.
Imágen: freepik.es
EL PROPÓSITO DE LA CREACIÓN, parte 1.

La intención Divina en la creación del mundo fue proyectar Su bondad en las criaturas.
Dios exclusivamente, Es la total y absoluta perfección, libre de toda deficiencia, no existiendo ninguna perfección comparable a Él. Y por lo tanto cualquier perfección imaginable fuera de la perfección de Dios no es una perfección real; sino se lo denomina perfección en relación a algo inferior a ello, empero la perfección absoluta se halla exclusivamente en Dios.
Por ello, al ser la voluntad de Dios irradiar el bien, no le es suficiente beneficiar en forma parcial sino brinda el bien en la mayor medida que les es posible a las criaturas recibir. Y siendo que Él es el único Dios verdadero, no se colma Su voluntad de beneficiar sino al brindar el bien más perfecto y real que existe intrínsecamente en Su escencia Divina.
Por otro lado, este bien no puede existir sino en El y por ello, determinó Su inteligencia que la naturaleza de este verdadero beneficio exista en la posibilidad de las criaturas de relacionarse con El, Bendito Sea, en la medida que les sea posible hacerlo; y entonces, todo aquello que por la propia naturaleza humana no le es posible alcanzar de la perfección Divina, podrán hacerlo al relacionarse con Dios, en la medida que tal acercamiento permita acceder a dicha perfección. Y podrán disfrutar del bien real en la medida que es posible disfrutarlo.
En definitiva, el propósito de todo lo existente fue crear aquello que pueda disfrutar de Su bien, en la forma en que le es posible a él hacerlo.

La Divina Inteligencia, determinó que para que este bien sea perfecto quien lo reciba deberá ser digno del mismo, o sea el verdadero receptor del bien y no un asociado accidental del mismo. En este punto podemos observar cierta emulación, en la medida que esto sea posible, de la perfección Divina (empero sólo una lejana similitud). Pues en Dios, Bendito Sea, existe la verdadera perfección no como algo accidental, sino como inherente a Su misma naturaleza y excenta de deficiencia alguna.
Empero, esto no es posible hallarlo sino exclusivamente en Dios, cuya propia escencia es la perfección libre de todo defecto.
Empero, para emularlo aún en forma parcial, debe el hombre ganar una perfección (que su escencia no requiere) y evitar deficiencias naturales en su ser.
Por ello, Dios instituyó y determinó la creación de conceptos de perfección y de deficiencias y el de una criatura gobernada por ambos conceptos. Y se le proporcionaría a dicha criatura los elementos necesarios para alcanzar la perfección y evitar los defectos; y entonces es posible afirmar que esta criatura emuló a Dios en la medida en que le es posible hacerlo y por lo tanto se hizo merecedora de apegarse a Él y beneficiarse con Su merced.
Rabbi Moshe Jaim Luzzatto.
Traducido al castellano por el Rabbi Isaac Fadda.
LENGUAJE, TORAH Y HERMENÉUTICA EN ABRAHAM ABULAFIA

Introducción
La Cabalá de Rabí Abraham Abulafia se conoce con dos nombres, ambos utilizados en sus escritos: la Cabalá estática que es, literalmente, la profética, la Kabbalah Nevuit, a saber la que trata con esa clase de misticismo que muestra al cabalista la forma de obtener una experiencia mística concebida como profecía; y la Cabalá de los Nombres, es decir, de los Nombres divinos (Kabalat Hashemot), o sea la clase de misticismo que muestra la manera de lograr esa experiencia extática.
Esta segunda forma estaba enfocada a la práctica de la recitación de los nombres divinos y de varias combinaciones del alfabeto hebreo (1). La técnica de combinar letras, usada para obtener experiencias místicas, fue usada también, en el sistema hermenéutico de este cabalista, como método exegético avanzado que permite al místico penetrar en los estratos más profundos de las Escrituras. Es el punto culminante de un método exegético más complejo que pasó inadvertido a los estudiosos modernos de las hermenéuticas, cabalística y judía, y que será expuesto aquí, por primera vez, de un modo más detallado. Para comprender, sin embargo, la materia prima a la que se aplican estos recursos hermenéuticos, revisaremos los puntos de vista que sostenían Abulafia y algunos de sus seguidores con respecto a la naturaleza del lenguaje, así como su concepción de la Torah, objeto principal de la investigación hermenéutica.
Podemos decir que la percepción que Abulafia tiene del lenguaje y de la interpretación está dirigida básicamente hacia lo alegórico, hecho que influye decisivamente en su concepción de la Torah, en sus propias revelaciones y en sus interpretaciones de las mismas. Siguiendo la línea del aristotelismo medieval, la alegoría alude indirectamente a los procesos psicológicos que consisten en las relaciones cambiantes entre los poderes internos involucrados en el proceso psicológico: el intelecto y la imaginación. Las interpretaciones que hace de las Escrituras y de sus propias revelaciones lo llevan, una y otra vez, a descodificar textos y experiencias como reveladoras de las diversas fases de la relación entre estos dos sentidos internos.(2)
Sin embargo, lo que caracteriza a la hermenéutica de Abulafia, no es solo ésta tentativa alegórica, evidente en toda la literatura medieval; también es importante la sobre posición que hace de la combinación de letras por encima del método alegórico. Si lo primero es de origen sefaradí y fue cultivado por los judíos durante varias generaciones anteriores a Abulafia, lo segundo fue expuesto por primera vez de un modo elaborado en el ambiente Ashkenasí, entre los llamados Ashkenasú Jasidim de los siglos XII y XIII. Sin relación alguna con la interpretación alegórica, los pietistas judío-alemanes describieron varios métodos complejos que podían ser utilizados para comprender los significados ocultos en la Torah. Aunque los métodos hermenéuticos avanzados de Abulafia se derivan obviamente de fuentes Ashkenasi, parece, sin embargo, que el énfasis particular que pone en la importancia de la combinación de las letras, es único en él (3).
Es más, mientras que los pietistas estaban motivados por una fuerte tendencia conservadora, que se centraba en el reforzamiento de la forma crucial de la adoración judía, mediante el establecimiento de la relación entre las estructuras numéricas de las oraciones y sus contrapartes bíblicas, la motivación de Abulafia era, básicamente, un deseo de innovación que culmina, como veremos más adelante, en la libre reestructuración de la composición de las letras del texto bíblico, que debe ser “interpretada” (4). Más allá de extraer solamente el significado alegórico de algún texto bíblico, método derivado de la tradición masorética, Abulafia muestra la manera de interpretación que consiste en regresar el texto a su forma más elemental, como un conglomerado de letras por combinar, infundiéndole nuevos significados al nuevo “texto”. Si el método alegórico de los filosofo judíos medievales consistía en reinterpretar la escritura en formas novedosas, esto se hacía, sin embargo, bajo la suposición, explícita o implícita, de que la novedad no tendría ningún impacto en la estructura del texto, cuya integridad quedaba salvaguardada desde el punto de vista estructural. Este es también el caso de la interpretación simbólica que hacen los cabalistas teosóficos. Al trasformar el texto en una textura de símbolos relacionados con la configuración divina de las Sefirot, o con el mundo demoniaco, estos cabalistas se preocupaban por indicar repetidamente que el significado literal del texto quedaba preservado, puesto que el orden de las letras permanecía intacto (5). En ambos casos se superponía un cierto argumento a los relatos bíblicos, infundiéndoles así los detalles de otras teologías. El argumento podía ser físico, relacionado con los cuatro elementos, o bien filosófico, referido a las relaciones, o entre intelecto y alma, en caso de que se manejaran fuentes neoplatónicas, o entre intelecto e imaginación, en caso de que los textos estuviesen orientados aristotélicamente. De uno u otro modo, se establecía un cierto dialogo entre la teología preexistente y el texto, de tal manera que no solo era reinterpretado el texto, sino que, además, en cierto grado, se transformaban también los procesos extra-bíblicos, al intentar fundirlos con el texto.
(1) Este ensayo forma parte del reciente libro de Moshe Idel Language, Torah and Hermeneutics, publicado por la State Univerity of New York Press (Suny), 1988. Cf. Idel, The MysticalExperience, cap.I.
(2) Idem, 144-145, y el final de la introducción.
(3) No se dispone de ningún estudio detallado de la hermenéutica de los pietistas de Ashkenasí, a pesar de que es una cuestión importante de su pensamiento místico. Véase, por el momento, Joseph Dan, #The Ashkenazi Hasidic ‘Gates of Wisdom’ en G. Nahon-Ch. Touati (Ed.), Hommage a Georges Vajda (Lovaina 1980) pp.185-189.
(4)Véase J. Dan, The Esoteric Theology of Ashkenazi Hasidim, Jerusalem 1968, 56-57(en hebreo).
(5) Idel, Kabbalah: New Perspectives, 200-210, donde discutí también algunas divergencias entre la exegesis de Abulafia y la de los cabalistas teosóficos.
(6) Idem, The Mystical Experience, 144-145
EL PROPÓSITO DE LA CREACIÓN, parte 2.

Esto significa que la perfección adquirida por el hombre al emular la conducta Divina lo conduce al apego a Dios. Además de ello, tal emulación de la actitud de Dios lo llevará a un creciente apego a él, lo cual en última instancia convertirá la imitación de la conducta divina y el apego a Dios en una misma condición.
La razón de esto es que al ser Dios la esencia de la verdadera perfección, como ya lo citamos, cualquier perfección existente se relaciona con El cómo las ramas lo hacen con su raíz; y aunque no alcanzan la perfección absoluta, derivación y una consecuencia de aquella.
Para comprender esto, debemos asumir que la verdadera perfección es la esencia Divina. Y cualquier deficiencia no es sino la ausencia de Su bien, el encubrimiento de Su presencia. Por lo tanto, en Su cercanía y Su Iluminación hallamos la fuente y origen de toda perfección existente y en él encubrimiento de Su presencia la causa de la imperfección, cuyo grado de deficiencia dependerá directamente del grado de ocultamiento de la Divinidad.
Por ello, está criatura (el hombre), que se halla entre la perfección y la imperfección (producto de la iluminación o el encubrimiento de la presencia Divina), al esforzarse por adquirir dicha perfección se aferra a El, Bendito Sea, qué es la fuente y el origen de ella. Y en la medida que adquiera mayores elementos de perfección, mayor será su cercanía y su involucramiento con Dios. Y finalmente, al alcanzar la finalidad y el objetivo último de la perfección, alcanzará asimismo el total y absoluto apego a Dios; y dicho apego a la Divinidad le brindará el placer de su bien y se perfeccionará en el hasta convertirse él mismo en poseedor del bien y la perfección.
Para que esto sea posible, que existan dichos conceptos de perfección y deficiencia así como una criatura del tipo citada, que reúna las características requeridas -o sea la posibilidad de acceder a ambos conceptos y la capacidad de controlarlos-, que adquiera la perfección y evite las deficiencias y posea los medios para alcanzar dicho objetivo -es decir para adquirir la perfección citada-, son numerosos y diferentes los elementos que debe reunir, todos los cuales se interrelacionan en forma compleja a fin de posibilitarle alcanzar su objetivo final.
Empero esta criatura, destinada a lograr una condición tan elevada, o sea el apego a Dios, Bendito Sea Su nombre, será considerada el elemento fundamental de la creación, en tanto que todo lo demás existente no será sino una asistencia, en cierta forma, para que dicha creación exista y prospere en su objetivo. Por ello se consideran -todas esas creaciones- secundarias a la criatura fundamental.
Esta criatura primaria y esencial es el hombre. Toda otra cosa creada, tanto superiores como inferiores a él, no existen sino por él, para complementar su entorno a través de las diferentes características requeridas para su existencia, como lo desarrollaremos más adelante detalladamente, con la ayuda de Dios.
El intelecto y las virtudes son los elementos por medio de los cuales el hombre puede alcanzar la perfección, en tanto que el materialismo y las malas inclinaciones conllevan las deficiencias citadas entre las cuales el hombre se halla, para alcanzar incluso Desde allí -la perfección-.
Traducido al castellano por el Rabbi Isaac Fadda.
Rabbi Moshe Jaim Luzzatto