Conferencia Leída a Petición de la Gran Logia, por el Hermano Albert Pike. Las Nocivas Consecuencias de las Escisiones y Disputas por el Poder en la Masonería, y de las Envidias y los Desacuerdos entre los Ritos Masónicos 1858.

Tal es, hermanos míos, el tema sobre el cual se me ha pedido que me dirija a vosotros. Algunos, que tienen los intereses de la Masonería en el co­razón, han creído que era posible decir algo sobre esta cuestión que podría servir para borrar impre­siones erróneas, para aumentar la unión y la ar­monía entre Masones, y para persuadir a la socie­dad en general que su bienestar y progreso están, en parte, implicados en el avance y prosperidad de la Masonería. Han exigido que yo diga eso; y, aun­que de una manera natural poco dispuesto a ha­cerlo, mi obligación como Masón me obstruye to­dos los caminos para poder escapar, y obliga a la falta de inclinación que ceda al mandato impera­tivo del deber.

No necesitaría discusión el mostrar que para la misma Orden Masónica, como para cualquier otra orden o asociación, por poco pretenciosas y poco importantes que sean, las disensiones in­testinas, las luchas por la posesión del poder, las envidias y ardores de corazón deben necesaria­mente de ser dañinas, retardar su crecimiento y progreso, repeler a aquellos que, si estuviera en paz dentro de sí misma, buscarían aproximarse a sus puertas; y al principio disminuir y final­mente destruir su capacidad para ser útil. Si esto fuera todo lo que yo deseaba demostrar, podría concluir ahora mismo.

Pero nosotros, hermanos míos, no creemos que esto sea todo. Nosotros creemos que los intereses más elevados de la Sociedad y de la comunidad en la que vivimos y, quizás, incluso intereses más am­plios y más generales aún, aquellos de la Nación, y de la humanidad en general, son afectados y da­ñados, en eso que afecta y daña a la Masonería. Nosotros creemos que el mundo sin nuestros Tem­plos está profundamente interesado en la conti­nuación o restauración de la paz y armonía den­tro; y que cada Masón que anima o por apatía per­mite las disensiones dentro de las paredes que es­conden nuestros misterios de los ojos del mundo, es un enemigo, no sólo de la Masonería, sino tam­bién del avance y prosperidad del mundo.

Es realmente verdad que el mundo en general, los hombres de estado y los hombres de negocios, no tienen el hábito de conceder mucha importan­cia a las operaciones pacíficas, los esfuerzos acti­vos y las influencias silenciosas de la Masonería. Algunos incluso piensan mal de la orden; para otros sus pretensiones son objeto de risa y alimen­tan el escarnio; mientras que probablemente la impresión general es que es una asociación inocua e inofensiva, bastante loable por sus tendencias benevolentes, obras benéficas, y la ayuda que sus miembros se prestan mutuamente unos a otros; pero una, en la que el mundo en general no está interesado en ningún sabio; una, cuyas ceremonias son frivolas; sus secretos, mero fingimiento; sus tí­tulos y dignidades, absurdos, y sus desacuerdos, meras disputas infantiles por honores estériles y una vacía precedencia. Encaja sólo para provocar las sonrisas de compasión de los serios y la risa sarcástica de los malos de corazón.

Tampoco se ha de negar, que hay cierta garan­tía para esto, en la desgraciada proclividad de her­manos excesivamente celosos y faltos de juicio para hacer remontar la historia de la Masonería a los tiempos cuando Adán en el Jardín del Edén era Gran Maestro; para inventar fábulas y elaborar tradiciones; para invertir con una santidad miste­riosa los trillados tópicos que todo el mundo es li­bre de conocer; para dar interpretaciones de sím­bolos que cada intelectual sabe que no son verdad y que cada hombre con tino sabe que son insípi­das y triviales; en el vano desfile de títulos sono­ros y condecoraciones brillantes; y sobre todo, en las disputas airadas que quiebran el seno de la Orden, acompañadas por palabras agrias, epítetos ásperos y acusaciones en voz alta, que desmienten la demanda de los combatientes de la hermandad, con respecto a cuestiones que para el mundo pa­recen insignificantes e irreales.

¿Está la sociedad realmente interesada en la paz y el progreso de la Masonería? ¿Tiene el mun­do un derecho moral para exigir que la armonía gobierne en nuestros templos? ¿Es esta una mate­ria que concierna en modo alguno a la comuni­dad? ¿Cómo son de graves e importantes los inte­reses que por nuestras locas disensiones impru­dentemente ponemos en peligro? ¿Y mediante qué medios se han de restaurar y mantener la paz y la armonía?

Tales son las cuestiones que se me exige consi­derar. Para hacer esto, es evidentemente necesario primero establecer qué es la Masonería, cuáles son sus objetos y por qué medios y utensilios propone llevar a cabo esos objetos.

El bienestar de cada nación, como el de cada in­dividuo, es triple: físico, moral intelectual. Ni fí­sico, ni moral, ni intelectualmente es nunca un pueblo estacionario. Siempre, o bien avanza o bien retrocede; y cuando uno escala una colina de nieve, avanzar exige esfuerzo continuo, mientras que para resbalar hacia abajo uno no necesita sino detenerse.

La felicidad y prosperidad de un pueblo consiste en avanzar en cualquiera de las tres líneas, física, moral e intelectual, a la vez; porque el día de su caída se acerca cada vez más, incluso cuando su intelecto está más desarrollado y las obras de su genio son más ilustres y mientras sus comodidades físicas aumentan, si su progreso moral no lleva el mismo ritmo del progreso físico e intelectual; y sin embargo sin este último, los dos primeros no in­dican la condición más elevada de un gran pueblo.

Esa institución merece el título de “benefactor público”, que por un sistema de juiciosas obras be­néficas y ayuda mutua disminuye la suma total de la necesidad y pobreza absoluta del macilento, y alivia al poder público de una porción de la carga que las necesidades de los pobres y sin cobijo le imponen: porque así ayuda al progreso físico del pueblo.

Todavía merece más el título, si además requie­re imperativamente a sus miembros una actuación estricta y leal de todos esos deberes hacia su pró­jimo como individuos, que la más elevada y pura moralidad ordena; y así es la potente ayuda del derecho, y el forzador de los preceptos morales del gran Maestro que predicó el Sermón de la Mon­taña; porque así trabaja por la elevación moral del pueblo.

  • todavía más, si sus iniciados se dedican tam­bién, por necesidad, a los verdaderos intereses del pueblo; si son la tropa de la Libertad, Igualdad y Fraternidad, y a la vez del buen gobierno, del buen orden y de las leyes, que elaboradas por los representantes de todos, para el bien general de todos, deben implícitamente ser obedecidas por todos:
    porque así de nuevo se ayuda en elevar aún más el carácter moral del pueblo.
  • sobre todo, si además de todo esto, se afana por elevar al pueblo intelectualmente, enseñando a los que entran en sus portales las verdades más profundas de la Filosofía, y la sabiduría de los sa­bios de cualquier época; una concepción racional de la Divinidad; del universo que Él ha creado, y de las leyes que lo gobiernan; una valoración ver­dadera del Hombre mismo, de su libertad para actuar, de su dignidad y su destino.

Deseo hablar sólo de lo que la Masonería en­seña; y de establecer pretensiones nada extrava­gantes en su representación. Que sus preceptos

no se obedecen totalmente por sus iniciados, a ningún sabio no apoca su valor o excelencia; como la imperfecta actuación de sus creyentes no apoca la excelencia de la religión.

La teoría y las intenciones de cada hombre que vive son mejores y más puras que su práctica, -no digo que lo sean desgraciadamente; porque es una de las grandes gentilezas de la Providencia, y una prueba concluyente de la existencia y de la be­nevolencia infinita de Dios, por la que el peor así como el más puro de los hombres tiene que luchar necesariamente siempre, para alcanzar un ideal y modelo de una excelencia más rara de la que pue­da nunca lograr, por mucho que se esfuerce o lu­che. Se ha dicho bien y verdaderamente que inclu­so la hipocresía es el homenaje involuntario que el vicio rinde a la virtud.

Que los Masones no viven de acuerdo con las enseñanzas de su Orden prueba sólo que son hom­bres; que, como otros hombres, son débiles con las flaquezas de la débil naturaleza humana; y que en la incesante lucha contra sus pasiones y las pode­rosas circunstancias, que nos rodean a todos noso­tros, es a menudo su destino el estar perplejo. Si las doctrinas de la Masonería son buenas, por ne­cesidad tienen su fruto y nunca se enseñan en vano. Porque nunca se siembran en vano las semi­llas aladas de la Verdad; y si se confían a los vientos, Dios se encarga de que echen raíces en algún sitio y crezcan.

Indagar qué es la Masonería, no es sólo buscar saber sobre su historia, sus antecedentes y sus es­tadísticas, sino más y principalmente indagar cuá­les son su moral y su filosofía. Esto último es la in­vestigación que me he propuesto resolver; pero como su importancia para el mundo exterior de­pende de la extensión de la Orden, del número de sus miembros y de su permanencia, debo prime­ro y con esta vista, sólo decir unas palabras sobre lo primero. Si la Orden Masónica fuera meramente una cosa del pasado, efímera y desapareciera ma­ñana; si fuera local y confinada a un país o a hom­bres de una fe, o si el número de iniciados fuera pequeño, y por tanto su capacidad para el bien o el mal fuera limitada, sería comparativamente poco importante indagar cuál fuera su moralidad y su filosofía.

No es efímera o transitoria. No aseveraré que fuera coetánea de Noé o Enoch, o que sus Logias se celebraran dentro de las paredes sagradas del primer templo de Jerusalén, o incluso que surgie­ra durante los tiempos de las Cruzadas. Es sufi­ciente decir que su origen está escondido en las brumas y sombras de la antigüedad. El Árabe construye en sus rudos muros los bloques labrados que una vez fueran parte de palacios Babilonios, cuando Ezequiel profetizó y cuando Daniel inter­pretó los sueños de Reyes: las piedras talladas por los Antiguos Etruscos antes de que Rómulo matara a su hermano y construyera la primera muralla para Roma, pueden verse todavía en las obras de arquitectos Romanos: y por tanto en nuestros ri­tuales, que atestiguan la antigüedad de la Orden, permanecen palabras ahora obsoletas, olvidado hace tiempo su significado y sólo recientemente recuperadas.

Sabemos por testimonio histórico que la Orden existía en Inglaterra y Escocia en el siglo XVII y fue introducida en Francia en el año 1721. Ya en el año 1787, se había extendido a casi cada Estado Europeo, a las Indias Orientales y Occidentales y Turquía; y se estimaba que había entonces 3.217 Logias, que contaban con al menos 200.000 miembros. Entonces Estados Unidos estaba en su primera infancia, principalmente confinado a una estrecha franja de país a lo largo de la costa Atlán­tica, y allí y en Canadá se estimaba que había sólo 85 Logias.

Ahora, en nuestros treinta y un estados, el Dis­trito de Columbia y nuestros Territorios hay trein­ta y seis Grandes Logias; y en toda la nación cer­ca de 4.200 Logias, a parte de otros cuerpos su­bordinados de todos los Ritos; con no menos de 140.000 miembros. En cada país Cristiano del globo nuestros Templos se frecuentan; y en Turquía, India y Persia, el Mahometano se inclina con reve­rencia ante el altar de la Masonería. En Inglaterra, Francia, Escocia, Irlanda, Alemania y Suiza, la Orden ha continuado avanzando. Aunque los Pa­pas la han excomulgado y la Inquisición la ha per­seguido, la Masonería aún vive en España y bajo la sombra del trono Papal; y cuando en Nápoles ha sido poco seguro reunirse en tierra, las Logias se han celebrado en el mar abierto, a la vista de las mil luces de la ciudad y de los faros de Messina, con los cielos estrellados sólo para cubrir la Logia triangular de los botes, desde las cuales hasta el Cielo se elevaba el dulce incienso de la oración Masónica.

Los más grandes, los más sabios y los mejores entre los hombres de cada país han ordenado la gran Orden tanto en tiempos antiguos como en los modernos; y se han unido celosamente en su tra­bajo. Hombres de estado, soldados, abogados, in­telectuales, poetas, artistas, mercaderes, mecánicos y trabajadores, durante ciento treinta y siete años al menos se han “reunido en nuestras Logias seria­mente y se han marchado honestamente”. Paul Jones, Lafayette y Washington fueron Masones: Franklin se sentó con Lalande en la misma Lo­gia en la que Helvetius había vestido el mandil. Casi todos los grandes comandantes y generales de Napoleón, incluyendo los tres reyes, José, Murat y Bernadotte conocían los números místicos, y convirtieron a los Ritos Francés y Escocés en ilus­tres. Las ciencias naturales contribuyeron con la Masonería con un Lacépéde, la pintura con Horace Vernet, la música con un Meyerbeer, el teatro con Taima; el derecho, con Philippe Dupin, su no menos ilustre hermano mayor y Odilon Barrot.

En otros países la Masonería contó con nom­bres distinguidos, demasiado numerosos para mencionarlos: y actualmente en el nuestro, sus iniciados ocupan los elevados puestos del país, lle­van el timón del barco del Estado, se sientan en departamentos de Estado, de Guerra, de Interior, y otros, presiden en el escaño, y representan a nuestro país en tribunales extranjeros.

En Europa ha fundado bibliotecas públicas, es­tablecido escuelas libres, dado premios por actos eminentes de virtud y heroísmo, establecido casas para Masones pobres y desamparados, alimentado a los hambrientos, vestido a los desnudos y sido el amigo de los oprimidos y desgraciados.

En nuestro propio país, sigue con buena fe el mismo camino. Establece escuelas y funda acade­mias, y sus cinco mil doscientas Logias son mu­chos centros desde los cuales la caridad fluye en todas las direcciones como la luz, y cuyas haciendas son ricas por la gratitud de viudas, y la grati­tud emocionada de los huérfanos.

Y destacando sobre todos, como una gran luz que envía sus rayos lejos al otro lado de las aguas, está La Logia de Socorro de Louisiana, la más noble de las instituciones Masónicas, que abre del todo sus puertas a los enfermos, los desampara­dos, los extraños sin amigos y da honor a la Ma­sonería y al Estado.

Con esta simple mirada a la historia, los ante­cedentes, el personal y las estadísticas de la Maso­nería, debo estar contento. Es suficiente mostrar que es importante para esta comunidad, para la Unión y para el mundo, saber cuál es la moral y la filosofía enseñada por esta Gran Orden, perma­nente y ampliamente extendida.


ACERCA DEL LIBRO DE TANIA

Pregunta:

¿De qué se trata el Tania? Un vecino de Jabad me acaba de presentar el libro y tengo interés en explorar esta nueva área.

Respuesta:

Mazal Tov en tu descubrimiento del Tania.

El Tania es la obra fundamental del movimiento de Jabad. Allí esta escrito los fundamentos prácticos y místicos de la filosofía de Jabad. El autor es Rabi Shneur Zalman de Liadi (1745-1812), fundador del movimiento Jabad-Lubavitch.

El tema central del Tania es la Crisis de Identidad:

Hay días en el que uno se siente inspirado por el Judaísmo y espiritualidad, y otros en el que nos aburre. Hay días en los que nada parece más importante que estudiar Torá o rezar, y otros en los que nada es mejor que jugar fútbol. 

Entonces, ¿quiénes somos?, ¿Debemos ignorar las tentaciones fisicas, o llegar a un acuerdo con ellas?, y ¿Cómo es que gente que posee un alma Divina puede sentir estos deseos?

Es el Tania que nos guía a través de nuestra doble personalidad. Nos ayuda a entender y poder sobrepasar los desafíos de nuestra vida diaria.

Sí, tenemos un Código de Ley Judía que nos dice cómo vivir cada aspecto de nuestra vida. Pero incluso asumiendo que podemos perfectamente cumplir con estas leyes, hay más. Todavía nos faltaría el ingrediente clave en nuestro Servicio al Creador.

Mi comportamiento puede ser perfecto. Puedo hacer exactamente lo que se me ha dicho. Pero no es mi verdadero ser. Todavía estoy yo y mi Torá.

El Tania nos enseña cómo unir este espacio, para crear una unidad entre mi Judaísmo y mi psique. Hace que mi Torá y Mitzvot sean una verdadera representación de mi personalidad. Me permite realmente sentirme, y no actuar, como un Judío.

Déjame aclarar unos puntos importantes:

El Tania no es fácil de leer. Requiere concentración y dedicación.

El Tania no es inspiración instantánea. No contiene historias cortas.

El Tania no arregla las cosas rápidamente. Es un trayecto que requiere tiempo y energía.

El Tania es un camino largo-corto. Puede ser largo, pero cuando llegas, te encuentras realmente en casa.

El Tania es un par de anteojos. Cuando se usan correctamente, todo se verá diferente.

El Tania es un corazón. Dará vida y energía a tu Torá y Mitzvot.

Dos puntos mas: El estudio correcto del Tania requiere  de un maestro que entienda el tema. Si lo lees en su texto Hebreo original, o su traducción, sólo llegarás a la superficie. Ante todo, el Tania está lleno de términos místicos que el principiante no entenderá. Un entendido en Tania puede explicar estos términos, y lo más importante, hacerlos prácticos y relevantes. Segundo, hay significados escondidos detrás de cada palabra.

Rab. Yisroel Cotlar(Tomado de Jabab.org.ar


LOS TEXTOS, CÓDICES y MANUSCRITOS LLAMADOS «LIBROS SAGRADOS»

EN LOS LLAMADOS «Libros Sagrados» de todas las religiones están descritos los fundamentos de la ciencia sagrada que establece las relaciones que religan al hombre con la Divinidad, el Creador a la criatura. En sus páginas encontramos, tanto la doctrina como sus efectos vivenciales. En ellos aparece todo anotado, expuesto y descrito, si se tienen «ojos para ver».

La Biblia, libro sagrado de la tradición judeocristiana (Kitve Codesh), recoge la «teoría» y la «praxis»: lo que describe Juan en su Evangelio, toma cuerpo como resultado fenomenológico en el Libro de Revelación (Apocalipsis). Alguien dijo que el hombre es incapaz de experimentar algo sin expresarlo. El Libro de la Revelación es la expresión simbólica de las experiencias de lo sagrado vividas por el «Vidente de Patmos…».

¿De dónde vino el conocimiento, tanto develado como oculto bajo el velo de la alegoría y el símbolo, de todas las Escrituras Sagradas que existen en el mundo? Una respuesta nos la da Pablo en 1Corintios, 2: 7: «más hablamos de sabiduría de Dios en misterio, la sabiduría oculta, la cual Dios predestinó antes de los siglos para nuestra gloria». En Romanos, 16:25 leemos: «la revelación del misterio encubierto desde tiempos eternos…» La Antigua Sabiduría o la Sabiduría sin Edad es el más estupendo, completo y cabal registro o testimonio acumulado e ininterrumpido, desde los tiempos primordiales hasta nuestros días. Su cosmogonía está recogida en signos, símbolos, glifos y alegorías; y su doctrina ha sido, y continúa siendo, transmitida oralmente por los sabios, adeptos, videntes y profetas, de una raza a la otra y confirmada por milenios de experiencias, evidenciando la divina presencia en el hombre. «Porque Dios es el que en vosotros obra así al querer como el hacer, por su buena voluntad» (Filipenses, 2: 13).

Sin embargo, debe tenerse mucho cuidado de no aplicar una interpretación literal a esas Escrituras, porque precisamente, por estar ellas doblemente veladas (es decir: reveladas), deben ser interpretadas (develadas) en su más profundo significado. Lo sabio es ir a la profundidad, a la esencia de las Escrituras, porque es la verdad esencial la que «nos hace libres…».

Orígenes, el mayor teólogo de la edad antigua de la Iglesia e insigne escritor eclesiástico, discípulo de Ammonio Saccas y de Clemente de Alejandría, al referirse al literalismo que mata, y específicamente al tema de la supuesta creación del universo material, dice:

¿Qué persona inteligente podría imaginar, por ejemplo, que un primer, segundo y tercer día, noche y día, sucedió sin sol, luna y estrellas; y el primero, como lo llamamos, sin haber siquiera un cielo…? ¿Quién sería tan pueril para suponer que Dios a la manera de un jardinero humano plantó un jardín en el Edén hacia el Este, e hiciera allí visible y sensible un árbol, de una manera que uno pudiera obtener el poder de vivir mediante el hecho físico de comer de su fruto con los dientes, o también poder participar del bien y el mal alimentándose de lo que provenía de aquel otro árbol…?[1]

El Génesis no es la descripción de un proceso cósmico y biológico, sino que su propósito es más profundo. Hay en él un conocimiento re-velado y oculto bajo el velo de la alegoría y de los símbolos, que debe ser de-velado, comprendido y aplicado en vivencia efectiva. Lucas (11:52) pone en labios de Jesús estas palabras:

¡Ay de vosotros, doctores de la ley…! Que habéis quitado la llave de la ciencia; vosotros mismos no entrasteis, y a los que entraban impedisteis…

Es indudable que la interpretación de las Escrituras al pie de la letra ha hecho y continuará haciendo un inmenso daño a la humanidad. ¿Cómo extrañarse entonces, cuando el hombre de hoy, más cerca del «dios» de la ciencia y de la «diosa» razón que del Dios verdadero, con su pretendido y orgulloso “conocimiento científico” acerca del proceso material del universo y de la biología, considere al Génesis como el producto de una mentalidad ignorante? Como lo señala el refrán popular: «La culpa no es del ciego, sino de quien le da el garrote… ». En realidad la culpa es de los «ciegos conduciendo a ciegos…».

La Antigua Sabiduría o Sabiduría sin Edad es la tradición sagrada, la gran tradición primordial, que se origina en el tiempo sagrado y fabuloso de “los comienzos”, el “tiempo del origen”, cuando “lo dioses conversaban con los hombres”; cuando estos últimos aún no vivían en el tiempo cronológico, “cuando todo era distinto”. Es en ese tiempo (Momemtum) cuando el hombre recibe la comunicación de esa gran tradición primordial. De allí parte eso que ahora llamamos «religión» en su manifestación externa ( exotérica) e iniciación en su forma interior (o esotérica), y que en realidad es la búsqueda de Dios a través del encuentro con nosotros mismos, a fin de poder reintegrarnos a la plenitud del Ser, al «Divino Pleroma», como le llamaron aquellos adelantados incomprendidos que fueron los gnósticos del pasado…


Las «Sagradas Escrituras» o «Libros Sagrados» son el fundamento singular y superior de la doctrina de cada religión, pues en dichos libros se encuentra contenido explícita o implícitamente el verdadero sentido de la doctrina.

Las Sagradas Escrituras canónicas son igualmente las depositarias de la autoridad espiritual última y permanente que representa la heredad doctrinal o la transmisión de una revelación originaria. Sin que ello signifique en modo alguno que se trata de una revelación única y definitiva, sino de una revelación para un pueblo y para una época determinados. Por tal razón, ningún pueblo puede pretender la «exclusividad» de único escogido como el instrumento de una revelación única y 1 Cf. Orígenes, De Principis, LV, 16. definitiva. La falsedad de tal pretensión se evidencia en el hecho de que casi todas las religiones que aún subsisten, están en pugna con las demás, por considerarse detentoras del «credo exclusivo» de toda la humanidad…

Si el Esencial Absoluto, el Innominado, o lo que vulgarmente se llama Dios no es católicoromano, ni ortodoxo, ni protestante, como no es tampoco ni judío, ni mahometano, hinduista o buddhista, entonces no es posible admitir la pretensión de cualesquiera de esas religiones de considerarse la destinataria exclusiva de la revelación, o de monopolizar el beneficio de la gracia divina…

Las Escrituras son el sustituto degradado de la Palabra (logos); pues Dios, con la ayuda de la palabra humana y en virtud de su influjo divino en los hombres inspirados, sabios, iniciados, profetas y santos, les re-vela su palabra que éstos acogen, transmiten y guardan como «la Palabra de Dios».

Los Libros Sagrados son considerados como el símbolo viviente del secreto divino que debe ser de-velado, descubierto por el hombre; aunque son muy pocos los que pueden «descorrer el velo», percibir y penetrar más allá de las apariencias de la letra muerta, hasta el genuino sentido de las Escrituras…

La Luz del espíritu… La mathesis, la raíz del verbo viviente… El verbo sagrado «en el que reside toda ciencia…».

Quien es capaz de penetrar el velo de los símbolos y de las alegorías puede acceder a la Sabiduría sin Edad que constituye la síntesis del más elaborado de todos los sistemas que han conocido las generaciones, desde los tiempos primordiales hasta nuestros días.

[1]  Cf. Orígenes, De Principiis, LV, 16

LA MANZANA DE LA DISCORDIA
Fermín Vale Amesti (Albanashar Al-Waly), CAPÍTULO II



En este mundo, el bien y el mal son siempre complementarios. Todo cuanto ha sido creado con lleva necesariamente cierta apariencia de imperfección. ¿De qué otro modo hubiese podido Dios, la Perfección Absoluta, fragmentar su conciencia única en las formas de la creación que fuesen diferentes de ÉL Mismo? No pueden existir imágenes de luz sin sombras de contraste. Si el mal no hubiera sido creado, el ser humano no conociera su opuesto, el bien. La noche acentúa el resplandeciente contraste del día; el dolor destaca el atractivo del gozo. Aunque el mal ha de contener, ¡ay de aquel que se convierta en su instrumento! Quien sea seducido por el engaño y desempeñe el papel de villano habrá de padecer el lamentable destino karmico que corresponde a los villanos, mientras que el héroe recibirá la sagrada recompensa de su virtud. Conociendo esta verdad, debeos evitar el mal; al entregarnos al bien, finalmente nos elevamos hasta el supremo estado de conciencia divina, que trasciende el bien y el mal.

Paramahansa Yogananda


ENSEÑANZA ESOTÉRICA SANJAYA

– Krishna, el Bendito Señor, lleno de amor y compasión por Arjuna, cuyo desaliento se traducía en lágrimas, le dijo: KRISHNA.

– ¿De dónde proviene, ¡oh Arjuna!, este apocamiento, indigno en quien como tú supo erguirse en los campos de batalla? Semejante debilidad es contraria al deber y poco honrosa. Tu desaliento es impropio del que ostenta el sobrenombre de “Tormento de sus enemigos”. Desecha imaginarios escrúpulos y ¡yérguete vencedor!

ARJUNA. – ¡Oh Krishna! ¿Cómo lanzar mis flechas contra Bhishma y Drona cuando tanto los reverencio? ¿Cómo cometer tal infamia? Me conformaría con el duro mendrugo del mendicante antes que ser el instrumento de muerte de estos nobles y reverenciados varones que fueron mis maestros. Porque si matara a quienes se interesan por mi bien, mis festines se verían rociados con sangre.

No sé si la derrota fuera para mí mejor que la victoria, pues de seguro me resultaría intolerable vivir después de haber causado la muerte de mis parientes y amigos (los hijos y vasallos de Dhritarashtra, el rey de los kurus, que viene en son de batalla). Por una parte mi corazón se conmueve, y por otra mi mente es impotente para resolver tan arduo problema. ¡Oh bendito Señor mío! Soy tu discípulo. Suplícote que me aconsejes en esta terrible hora de prueba.

Dime, ¿qué debo hacer? Tan turbado estoy, que los dictados del deber entorpecen mi entendimiento y no hallo nada que pueda consolarme. Ni la soberanía de un reino semejante al del sol, ni el dominio sobre las huestes celestiales lograrían mitigar mi dolor.

SANJAYA. – Dicho lo cual, Arjuna añadió resueltamente: “No pelearé”. Y permaneció silencioso. Entonces Krishna contestó sonriendo al abatido príncipe.

KRISHNA. – Te afliges por quien no debieras. Tus palabras no son insensatas, tienen algo de sabias, pero no muestran la flor interna de la doctrina de los sabios. Son verdades, pero a medias. El sabio no se aflige ni por los vivos ni por los muertos. Así como el intrépido guerrero no teme a la muerte, así el sabio no se apena por la vida ni por la muerte; aunque el semisabio se aflija por una, por otra o por ambas, según el estado de ánimo en que lo colocan las circunstancias.

Sabe, ¡oh hijo de Pandu!, que ni Yo, ni tú, ni ninguno de estos príncipes terrenales hemos dejado de ser ni cesaremos de ser en lo futuro. Así como el alma que reside en el cuerpo material pasa por las fases de infancia, juventud, virilidad y vejez, así también, a su debido tiempo, pasa a otro cuerpo y en sucesivas encarnaciones volverá a desempeñar nueva misión sobre la tierra. Esto lo sabe quien conoce la doctrina interna y no se preocupa por lo que ocurre en este mundo transitorio. Para él la vida y la muerte no son sino palabras que expresan el aspecto superficial del ser verdadero. Los sentidos, asesorados por la mente, ofrecen las sensaciones de calor y frío, de placer y dolor; pero éstas son cosas transitorias y mudables. Sopórtalas valerosamente, porque en verdad te digo que el hombre a quien estas cosas no conturban, que permanece incólume ante el placer y el dolor, y para quien todo es igual, está en camino de la inmortalidad.

Lo irreal no es el ser, pues descansa en la ilusión y el falso conocimiento. Pero aquello que es, nunca dejó ni dejará de ser, pese a las apariencias. Los sabios, ¡oh Arjuna!, han inquirido y descubierto la verdadera esencia de las cosas. El Absoluto, aquel que todo lo penetra, no puede ser destruido, porque es imperecedero. Estos cuerpos que sirven de envoltura a las almas que los habitan son mortales y no deben confundirse con el hombre verdadero. Son perecederos como todo aquello que es finito. Deja, pues, que perezcan. Y ahora que conoces estas cosas, ¡oh príncipe pandava!, levántate y disponte a batallar.

Quien dice “mato” o “me matan”, habla como un niño. En verdad, nadie puede matar ni morir. Recuerda, ¡oh príncipe!, esta verdad: el hombre real no nace ni muere. Siempre ha sido y seguirá siendo eternamente. El cuerpo puede morir y ser muerto, más el espíritu que mora en el cuerpo no puede morir. Así pues, ¿cómo creer que quien sabe que el verdadero hombre es eterno e indestructible, caiga en la ilusión de suponer que pueda matar, matarse o ser muerto? A la manera como el hombre abandona las ropas viejas para vestir nuevas, abandona el morador el cuerpo, el cuerpo viejo, y encarna en otro nuevo para él preparado. Ninguna arma puede herirlo, ni el fuego quemarlo, ni el agua humedecerlo, ni el viento secarlo, porque es invulnerable, incombustible, impermeable, eterno e inmutable. En una palabra: es real. Su esencia es inmutable, no puede ser conocida; por lo tanto, ¿a qué afligirse? Más si no creyeras en mis palabras y vivieses en la ilusión de tener por realidades la vida y la muerte, tampoco deberás afligirte.

Porque así como los hombres han nacido, deberán morir. ¿Por qué, entonces, lamentar lo inevitable? Quienes no tienen sabiduría ignoran de dónde viene y adónde va el hombre. Ellos conocen tan sólo su paso por el mundo. Entonces, ¿por qué se quejan? Unos tienen al espíritu por cosa maravillosa, mientras que otros hablan de él incrédulamente y sin comprenderlo. Y en verdad que nadie logrará con su mente perecedera conocer la verdadera naturaleza del espíritu a pesar de cuanto sobre él se ha enseñado, dicho y pensado.

El verdadero hombre, el morador del cuerpo, ¡oh Arjuna!, es invulnerable. De tal suerte, no te aflijas por criatura alguna. Más te conviene cumplir con tu deber, ¡oh príncipe!, porque ello ha de abrirte las puertas del cielo. Pero si arrojas tus armas faltarás a tu deber, mancillarás tu honor y cometerás grave crimen contra ti mismo y tu pueblo.

Tu crimen será pregonado, y para un guerrero como tú, ¡oh príncipe!, la muerte es mil veces preferible a la deshonra. Los caudillos de tu ejército creerán que huiste por cobardía, y aquellos que te juzgaron valeroso acabarán por despreciarte. El enemigo se burlará de tu cobardía. ¿Quieres mayor afrenta? Si mueres, ganarás el cielo; si vences, dominarás la tierra. Por lo tanto, yérguete, ¡oh hijo de Pandu!

Recibe imparcialmente lo que te sobrevenga, sea placer o dolor, ganancia o pérdida, victoria o derrota. Disponte, pues, a la batalla, que tal es tu deber. Las enseñanzas que te he expuesto, ¡oh Arjuna!, concuerdan con el Sankhya. Escucha ahora las que convienen con el Yoga. Si las prácticas te librarás de las cadenas que te atan a la acción. En esta enseñanza no hay esfuerzo perdido ni riesgo de pecar. Una migaja de este condimento salva al hombre del temor y del peligro, pues tiene un solo objeto, sobre el cual puedes concentrar la mente sin peligro.

Hay quienes se impregnan con la letra de las Sagradas Escrituras; pero, incapaces de penetrar su verdadero sentido, discuten vanamente sobre los textos. Las acerbas controversias y las interpretaciones abstrusas satisfacen a los esclavos de la letra, y en vez de aspirar a la meta espiritual de las grandes almas, se complacen en fútiles placeres. Amplios discursos y pomposas ceremonias inventaron estas gentes, que ofrecen premio por su observancia y amenazan con castigo por su incumplimiento. Quienes poseen tales inclinaciones desconocen el uso del discernimiento y de la conciencia espiritual.

Las enseñanzas espirituales suscitan el miedo de sobreponerse con ecuanimidad a las tres cualidades de la existencia material. Líbrate de ellas, ¡oh Arjuna! Líbrate de los pares de opuestos, de lo mudable y transitorio, y permanece firme en la conciencia del Yo, de tu verdadero ser. Líbrate de la ansiedad por las cosas de este mundo; no te dejes gobernar por las ilusiones de este mundo perecedero. Así como el agua que emana de una fuente llena las vasijas de acuerdo con la forma y capacidad de cada una de ellas, así también las enseñanzas espirituales no proporcionan sino la parte que cada cual es capaz de recibir conforme al grado de su evolución.

Para el brahmán iluminado, los Vedas son tan provechosos como si su mente fuese un vaso capaz de recibir toda el agua de una fuente inagotable. De tal suerte atiende tan sólo al recto cumplimiento de la acción y no a la recompensa que de ella pudiera derivarse. No te inquiete la esperanza del premio; pero no cedas tampoco a la inacción a que suelen abandonarse quienes han perdido toda esperanza de recibir recompensa por sus acciones. Permanece a igual distancia de los extremos, ¡oh príncipe!, y cumple con tu deber sin otra razón que el deber mismo, sin reparar en si serán para ti buenas o malas las consecuencias del cumplimiento. Mantén la misma serenidad en el éxito como en el fracaso. Hazlo todo lo mejor que sepas, y conserva la imparcialidad del yogui.

Por importante que la recta acción pueda ser, ha de precederla el recto pensamiento, porque sin el pensamiento la acción no es consciente. Por lo tanto, ¡oh Arjuna!, refúgiate en la serenidad del recto pensar, pues quien fía su bienestar a los resultados de la acción pierde la dicha y se ve miserable y descontento. El que alcanza el estado de conciencia del yogui no se ve afectado por los resultados de la acción. Esfuérzate en alcanzar este estado de conciencia, porque es la clave del misterio de la acción. Quienes renuncien al posible fruto de la recta acción están en camino de dominar el karma. Rompen las cadenas que los atan a la rueda de los renacimientos y logran la bienaventuranza eterna.

Cuando trasciendas la ilusión ya no te conturbarán las discusiones teológicas sobre los ritos, las ceremonias y demás ropajes de la enseñanza espiritual. Entonces te librarás del apego a los libros sagrados y a los escritos de los teólogos y quienes ambicionan interpretar lo que no entienden. En cambio fijarás tu mente en la contemplación del Espíritu, y te armonizarás con tu verdadero ser.

ARJUNA. – Dime, ¡oh Krishna!, tú que posees la sabiduría: ¿Cuál es la característica del sabio de mente firme que permanece fijo en la contemplación? ¿Cómo se comporta? ¿Cómo puede distinguírselo de los demás hombres?

KRISHNA. – Sabe, ¡oh príncipe!, que cuando un hombre se libra de los lazos del deseo y halla satisfacción en su interno YO, alcanza la plena conciencia espiritual. Sabio es quien no se conturba en la desgracia ni se engríe en la prosperidad. Ha desechado la cólera, el temor y el tedio como se desechan los vestidos viejos. Un hombre así no se inmuta por los sucesos de la vida, ya sean favorables o adversos. El agrado y el desagrado no lo alcanzan, pues no tiene apego a cosa alguna. El que alcanza el verdadero conocimiento espiritual se parece a la tortuga que retrae sus miembros bajo el caparazón, pues le es posible retirar sus facultades sensorias de los objetos de sensación y apartarlas de las ilusiones del mundo objetivo protegido por la armadura del Espíritu.

Cierto es que a los capaces de refrenar los sentidos puede conturbarlos el deseo de sensación. Pero quien descubre su YO interno no sufre voluptuosidad ni le acosan las tentaciones, pues tentaciones y deseos son para él como niebla disipada por los cálidos rayos del sol. El que se abstiene puede, en algunas ocasiones, verse acometido por un tumultuoso deseo que haga fracasar su resolución, pero sabe que el verdadero Ser es la única Realidad; es dueño de sus sentidos y deseos. Lo irreal no existe para él. Quien permite que su mente se apegue a los objetos de sensación queda de tal modo envuelto en ellos que terminan por esclavizarlo. Del apego surge el deseo, del deseo la pasión, de la pasión la insensatez, de la insensatez la apetencia sin freno.

De la desenfrenada apetencia resulta el olvido, del olvido la falta de discernimiento, y de ésta la pérdida de todo lo demás. Pero alcanza la paz quien, dueño de sí mismo, obra sin placer ni repugnancia, pensando solamente en el YO. En esta paz, que trasciende toda comprensión, se libra de las tribulaciones de la vida. No hay conocimiento posible para quien no logra esta paz, pues sin paz no hay serenidad, y cuando ésta falta, ¿cómo puede haber sabiduría? Sin paz, los deseos sensuales ofuscan el entendimiento. En verdad, ¡oh príncipe!, sólo posee la sabiduría aquel que tiene los sentidos abroquelados contra los objetos de sensación, por el protector conocimiento del Espíritu. Lo que para el vulgo es luz, es tiniebla para el sabio. Y lo que al vulgo parece negro como la noche, es luz meridiana para el sabio. Esto significa, ¡oh príncipe!, que para el sabio es ilusión lo que a la generalidad de las gentes les parece realidad. Y que lo que a las multitudes les parece ilusorio es para el sabio la única Realidad.

¡Tanta es la diferencia de visión entre los hombres!

Logra la paz aquel cuyo corazón es como el océano en cuyo lecho desaguan todos los ríos sin desbordarlo. Siente el aguijón del deseo y la pasión, pero no logran conmoverlo. Quien cede a la voluptuosidad no logra paz. Quien se ha divorciado de los efectos del deseo y rechaza los impulsos de la carne, lo mismo en pensamiento que en acción, alcanza la paz interna. El que trasciende el orgullo y el egoísmo, alcanza la felicidad. Éste, ¡oh príncipe pandava!, es el estado de unión con el verdadero ser, el estado de bienaventuranza, de conciencia espiritual.

Quien lo alcanza, conoce la verdad. Quien permanece en él aun en la hora de la muerte, se identifica con la Divinidad.

Así concluye la segunda parte del Bhagavad Guita, titulada: LA ENSEÑANZA ESOTÉRICA

BHAGAVAD GUITA, el Mensaje del Maestro. YOGI RAMACHARAKA


EL SENTIDO DE LO SAGRADO

Uno de los signos exteriores más inmediatamente inteligibles y convincentes del Islam es la llamada a la oración desde lo alto de los minaretes; llamada que se extiende como un manto de serenidad sobre las almas de los creyentes, desde el alba hasta entrada la noche. Estamos muy lejos, aquí, de los argumentos escolásticos, pero hay argumento a pesar de todo; “signo” precisamente, es decir, argumento que apela, no a la inteligencia conceptual, sino a la intuición estética y, más fundamentalmente, al sentido de lo sagrado.

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